Antes que las carabelas, el Pilar

 

María y el destino católico de la Hispanidad


I. Una noche junto al Ebro

El Ebro no sabía nada. Bajaba aquella noche como bajaba desde antes de que hubiese nombres en sus orillas, ancho y terroso, empujando hacia el mar los limos del Moncayo y de las sierras del norte, rozando con su lomo oscuro los muros de una colonia que Augusto había fundado para sus veteranos y que llevaba, con la naturalidad con que entonces se ponían nombres de emperadores a las ciudades, el suyo propio: Caesar Augusta. Por la calzada que subía del valle hacia Tarraco y por la que bajaba hacia Emerita pasaban de día carros de aceite y de trigo, funcionarios con sus tablillas, soldados licenciados, mercaderes sirios con la lengua llena de puertos. De noche quedaban las piedras, los mojones miliarios con sus cifras, el ladrido de un perro en una villa lejana y el rumor inmenso del agua.

En aquella orilla, dice la tradición de la Iglesia de Zaragoza, rezaba un hombre de Galilea con un puñado de discípulos. Había recorrido media Hispania sin éxito visible. Ni las ciudades del litoral ni los pueblos del interior se habían rendido a su palabra; los conversos cabían en una habitación. Era uno de los Doce, el hermano de Juan, aquel a quien el Señor había llamado hijo del trueno y que, pocos años después, sería el primero de los apóstoles en beber el cáliz bajo la espada de Herodes Agripa (Hch 12, 2). Pero esa noche era sólo un forastero fatigado en el extremo occidental del mundo conocido, allí donde, para un hombre de Jerusalén, la tierra empezaba a parecerse a su propio final.

Y allí, refiere la tradición, la Madre del Señor, que aún vivía en carne mortal, se hizo presente para confortarle, y dejó como prenda una columna de piedra sobre la que pidió que se levantase un templo. La tradición fija la fecha en la noche del 2 de enero del año 40. Nada más dice con certeza; y lo que la piedad añadió después —los coros de ángeles, las palabras puestas en boca de la Virgen— pertenece a la devoción de los siglos, no al relato que aquí conviene evocar.

Porque lo asombroso de la escena no es su esplendor, sino su pequeñez. Nadie en Caesar Augusta se enteró. Ningún magistrado lo anotó, ningún historiador latino lo recogió, ninguna lápida lo conmemora. El Imperio seguía su curso: en Roma reinaba Calígula, y sus caprichos ocupaban más espacio en la memoria de los hombres que todo lo que pudiera ocurrir a orillas del Ebro. Si aquello sucedió como lo cuenta la tradición, sucedió como suceden las cosas de Dios: en la noche, ante pocos testigos, sin más ruido que el del agua.

Una columna. No una corona, ni una espada, ni un trono. Un fuste de piedra, es decir, lo más quieto que puede concebirse; aquello que en un edificio no se ve casi nunca porque está debajo, sosteniendo. Los hombres que estaban allí no podían saber que aquel jaspe vería pasar a los godos y a los árabes, a los reyes de Aragón y a los mariscales de Napoleón; que sobre él se alzarían templos sucesivos, cada uno mayor que el anterior; que su nombre cruzaría un océano del que ellos sólo conocían la orilla y se repetiría en lenguas que aún no tenían escritura. Veían una piedra y una promesa. El resto lo verían otros.

Esa es la primera lección del Pilar, y quizá la última: que lo que Dios funda empieza siempre por debajo de la historia.

II. La columna y la Madre

Hay que separar con limpieza tres cosas que la piedad tiende a fundir: la tradición, la historia del culto y la teología que ambas sugieren. Confundirlas no honra a la Virgen; al contrario, entrega la devoción a la primera objeción de un erudito.

La tradición sostiene que María, viviendo aún en Jerusalén o en Éfeso, se hizo presente en Zaragoza para alentar a Santiago, y que ese hecho, anterior a su Asunción, distingue al Pilar de todas las demás apariciones marianas: aquí no se habría mostrado la Reina glorificada, sino la mujer que todavía caminaba sobre la tierra. Por eso se habla de una venida «en carne mortal». La predicación jacobea en Hispania pertenece a su vez a una tradición antigua pero discutida: san Jerónimo y otros Padres atestiguan la idea de que los apóstoles llevaron el Evangelio a los confines de Occidente, y el Breviarium Apostolorum latino asigna Hispania a Santiago; pero ninguna fuente de los primeros siglos narra la escena zaragozana.

La historia documentada comienza mucho después. El primer texto conocido que llama al templo «Santa María del Pilar» es un documento expedido en Zaragoza el 27 de marzo de 1299. El relato latino de la venida se conserva en un códice del archivo pilarista que algunos quisieron remontar a los tiempos del obispo Tajón, en el siglo VII, pero que el agustino Manuel Risco, continuador de la España Sagrada de Flórez, fechó entre finales del XIII y principios del XIV. Antes de esa fecha hay indicios de una iglesia mariana venerada por la comunidad mozárabe de Saraqusta, que sobrevivió bajo el dominio islámico; pero de la columna como objeto de culto con nombre propio, los papeles callan hasta finales del siglo XIII.

Desde entonces, la devoción crece con una constancia que es su mejor argumento. En 1438 se compila un Libro de milagros. El 23 de septiembre de 1456, una bula de Calixto III, el papa valenciano, se hace eco de la tradición al conceder gracias a los fieles que visitasen el santuario. En 1640 ocurre en Calanda el suceso que la Iglesia de Zaragoza declaró milagroso tras un proceso canónico abierto al año siguiente: a Miguel Juan Pellicer, mendigo del Pilar al que habían amputado una pierna en el hospital de Gracia, se le halló restituida, según las actas notariales y la sentencia del arzobispo Pedro Apaolaza. Ese mismo año, el 13 de octubre, la ciudad hizo voto de guardar como fiesta el día 12; en 1642 proclamó a la Virgen su patrona. Las Cortes de Aragón de 1680 pidieron a Roma un oficio propio, que la Congregación de Ritos concedió el 7 de agosto de 1723, bajo Inocencio XIII, presentando la venida no como dogma sino como antigua y piadosa creencia de la Iglesia zaragozana. Clemente XII confirmó después la festividad del 12 de octubre, celebrada ya entonces en iglesias de toda la Monarquía. El 20 de mayo de 1905, por concesión de san Pío X, la imagen fue coronada canónicamente.

La fecha del 12 de octubre, por tanto, era fiesta del Pilar en Zaragoza mucho antes de que nadie la uniese a América, y la coincidencia con el día en que las naves de Colón avistaron tierra en 1492 es exactamente eso, una coincidencia de calendario, que sólo más tarde la piedad y la política leyeron como signo. Puede leerse así, y muchos lo hicieron con hermosura; pero quien lo haga debe saber que interpreta, no que demuestra.

Lo que la teología encuentra en la columna, en cambio, no depende de ninguna fecha. La Escritura está sembrada de pilares. Por una columna de nube y de fuego guiaba Dios a Israel en el desierto (Éx 13, 21-22): de día sombra, de noche luz, siempre delante del pueblo que no conocía el camino. La Sabiduría, en el Eclesiástico, dice de sí misma que su trono estaba en una columna de nube (Eclo 24, 4), texto que la liturgia aplicó a María desde antiguo. Ante el templo de Salomón se alzaban dos columnas de bronce, Yaquín y Boaz (1 Re 7, 21), cuyos nombres evocan la firmeza y la fuerza. Y san Pablo llama a la Iglesia «columna y fundamento de la verdad», columna et firmamentum veritatis (1 Tim 3, 15), mientras el Apocalipsis promete al vencedor: «al que venza lo haré columna en el templo de mi Dios» (Ap 3, 12).

Aquí está la clave. La tradición patrística vio en María la figura de la Iglesia: san Ambrosio la llama typus Ecclesiae en su comentario a san Lucas, y san Ireneo había enseñado ya que lo que la desobediencia de Eva ató, lo desató la obediencia de la Virgen (Adversus haereses III, 22, 4). Una columna dejada por María junto a la primera predicación apostólica dice, en el lenguaje mudo de la piedra, lo que la Iglesia dice de sí misma: que la verdad recibida no se sostiene por la elocuencia de los predicadores, sino por la fidelidad de Dios, y que esa fidelidad tiene en la Madre su imagen más perfecta.

Por eso la liturgia del 12 de octubre lee el pasaje de los Hechos en que los apóstoles perseveran unidos en la oración «con María, la madre de Jesús» (Hch 1, 14), y el Evangelio en que el Señor corrige la alabanza de una mujer del pueblo para llevarla más hondo: dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la guardan (Lc 11, 28). María en el cenáculo, en medio de una Iglesia pequeña y temerosa, es la misma María que la tradición coloca junto al Ebro: la que sostiene sin ocupar el centro, la que guarda la Palabra para que otros la anuncien. Los cristianos la invocaron como Auxilium Christianorum mucho antes de que san Pío V añadiese ese título, según la tradición, a las letanías tras Lepanto; y el Concilio Vaticano II recogió una enseñanza secular al presentarla como miembro supereminente y tipo de la Iglesia. Madre de la Iglesia porque Madre de Cristo, que es su Cabeza: no hay aquí metasífora piadosa, sino la lógica del misterio de la Encarnación.

Una columna no camina. Su virtud es quedarse. En un mundo en que todo se desplaza, la imagen más alta de la fidelidad cristiana es una piedra que no se ha movido.

III. La lenta forja de una Cristiandad

Entre la columna y las carabelas median catorce siglos, y quien salta de una a otras se pierde lo esencial: que América no recibió una fe improvisada por aventureros, sino el fruto de una larga elaboración de martirio, doctrina, liturgia, derecho y caridad.

La primera semilla fue sangre. En el año 259, el obispo Fructuoso de Tarragona y sus diáconos Augurio y Eulogio ardieron en el anfiteatro de la ciudad; sus actas, de las más antiguas y fiables de Occidente, conservan la serenidad de un pastor que, camino de la hoguera, rehusó beber para no romper el ayuno. Medio siglo después, en la persecución de Diocleciano, murieron la niña Eulalia en Mérida y, en la propia Zaragoza, los dieciocho mártires y la virgen Engracia a quienes el poeta Prudencio, hispano del valle del Ebro, cantó en su Peristephanon. Prudencio imagina el día del Juicio y ve a cada ciudad presentarse ante Cristo con sus mártires como con un regalo; a Caesaraugusta la hace avanzar entre las primeras, cargada de coronas. Es la primera vez que un hispano escribe la historia de su tierra como liturgia.

Hacia el año 300, los obispos reunidos en Elvira, cerca de Granada, dictaron los cánones disciplinares más antiguos que se conservan de un concilio occidental. Pocos años más tarde, Osio de Córdoba presidía en Nicea, junto a los legados romanos, la asamblea que definió la consustancialidad del Hijo. La Hispania cristiana entraba en la historia de la Iglesia por la puerta grande del dogma.

Los visigodos llegaron arrianos. La conversión de Recaredo, solemnizada en el III Concilio de Toledo en 589 bajo la dirección de san Leandro de Sevilla, unió en una misma fe al reino y a la población hispanorromana, y abrió la serie de los concilios toledanos, laboratorio singular de relaciones entre la Iglesia y la potestad civil, donde los obispos legislaban sobre la sucesión regia y la disciplina eclesiástica, no siempre con fortuna, a veces con una dureza hacia los judíos que la conciencia cristiana posterior no puede leer sin dolor.

Y entonces, san Isidoro. En una Europa donde las bibliotecas romanas se deshacían, el obispo de Sevilla reunió en las Etimologías lo que pudo salvar del saber antiguo, de la gramática a la medicina, del derecho a la teología, para que pasara a los monasterios carolingios y de ellos a toda la Edad Media. En el prólogo de su Historia de los godos dejó un elogio de su patria que comienza: Omnium terrarum, quaeque sunt ab occiduo usque ad Indos, pulcherrima es, o sacra semperque felix principum gentiumque mater Spania —«de todas las tierras que se extienden desde Occidente hasta la India, tú eres la más hermosa, oh sagrada y siempre feliz España, madre de príncipes y de pueblos»—. Cuando Isidoro nombraba a los indios pensaba en el Oriente remoto de Alejandro. No podía saber que, nueve siglos después, otras Indias, las de Poniente, llevarían sus libros en las bodegas de los galeones.

En 711 el reino visigodo se derrumbó en pocos años. Lo que vino después no fue una cruzada uniforme de ocho siglos, sino un mosaico de reinos, alianzas cruzadas, treguas, parias, matrimonios mixtos, frontera y convivencia desigual. Hubo mozárabes que conservaron su liturgia bajo el califato y mártires cordobeses como Eulogio en el siglo IX; hubo reyes cristianos que pagaron tributos a taifas y taifas que los pagaron a reyes cristianos; hubo un Cid que sirvió a la Zaragoza musulmana antes de conquistar Valencia. Pero en el fondo de esa trama persistió una conciencia: la de que la ruptura de 711 era una herida que debía cerrarse. Las crónicas asturianas del siglo IX ya la formulan, ligando Covadonga a la restauración de la España cristiana. Por esos mismos años, el hallazgo del sepulcro atribuido a Santiago en el Finis Terrae gallego convirtió al apóstol en patrón de los reinos del norte y abrió el camino que llevaría a Compostela a toda Europa.

Esa conciencia se hizo institución. Los monasterios repoblaron valles y copiaron códices: Silos, Ripoll, San Millán, donde un monje anotó en los márgenes de un códice latino las glosas en que asoma el romance. Alfonso VI tomó Toledo en 1085, y la ciudad se convirtió en el gran taller de traducción por el que Aristóteles, Ptolomeo y la ciencia árabe pasaron al latino Occidente. En 1212, Las Navas de Tolosa quebró el poder almohade. Alfonso X compuso a la Virgen las Cantigas de Santa María, cuatrocientos poemas en galaicoportugués, con música y miniaturas, donde un rey se declara trovador de Nuestra Señora. Hacia 1218 nació el Studium de Salamanca. Un castellano de Caleruega, Domingo de Guzmán, fundó la orden de predicadores; en Barcelona, Pedro Nolasco y los mercedarios hicieron voto de quedarse como rehenes si era preciso para redimir cautivos. Ninguna de estas cosas tuvo como fin a América, y todas irían a América: el convento, la cátedra, el hospital, la cofradía, el cabildo municipal, el derecho romano-canónico de las Partidas.

Los Reyes Católicos heredaron esta trama y quisieron anudarla en una unidad religiosa que entendían como condición de la unidad política. Fue un ideal coherente con la concepción cristiana del orden temporal de su tiempo, y su realización tuvo grandezas y desgarros. La reforma del clero impulsada por Cisneros dio a España una Iglesia más instruida y austera que la de muchos reinos europeos en vísperas de Lutero, y la Universidad de Alcalá acogió la Políglota Complutense. Pero el Tribunal del Santo Oficio, establecido con bula de Sixto IV en 1478, y el decreto de expulsión de los judíos de 1492 pertenecen también a esa historia, y no se los honra omitiéndolos. Tampoco cabe ocultar el contraste, en la Granada recién ganada, entre la paciencia catequética del primer arzobispo, fray Hernando de Talavera, que aprendía árabe y quería ganar a los vencidos por el ejemplo, y las conversiones apresuradas promovidas por Cisneros en 1499, que encendieron la revuelta del Albaicín. Dos métodos de evangelizar, ambos en suelo español, ambos a punto de cruzar el océano.

IV. 1492: el año en que se abrió el mundo

El 2 de enero de 1492 —el mismo día en que Zaragoza recordaba la venida de la Virgen— los Reyes recibieron las llaves de la Alhambra, conforme a las capitulaciones firmadas a finales de noviembre anterior. Ocho meses después, un genovés que había pasado años llamando a las puertas de las cortes de Portugal y de Castilla escribía, en el prólogo del diario de su primer viaje, que él mismo había visto alzar las banderas reales en las torres de la Alhambra. Conocemos ese diario sólo por el extracto que hizo fray Bartolomé de las Casas, y esa mediación obliga a la prudencia; pero el vínculo que el propio texto establece entre el final de Granada y el comienzo del Atlántico no es invención posterior, sino la manera en que la empresa se pensó a sí misma.

Las motivaciones fueron varias y no conviene reducirlas a una. Había un cálculo geográfico —erróneo, por cierto, pues Colón empequeñecía el globo y creía el Cipango a pocas semanas de Canarias—. Había un interés comercial evidente: alcanzar las especias y el oro de Asia sin pasar por las rutas que Portugal dominaba en África. Había una competencia dinástica con Lisboa, que el Tratado de Alcaçovas de 1479 había dejado viva. Y había, inseparable de todo lo anterior en la mentalidad de la época, un propósito religioso: el mismo prólogo del diario dice que los Reyes le enviaban a ver aquellos príncipes y tierras y la manera de su conversión a la fe. Colón, por su parte, soñaba con que el oro de las Indias costeara la recuperación del Santo Sepulcro. Las Capitulaciones de Santa Fe, firmadas el 17 de abril, son en cambio un documento seco y contractual, que fija títulos, cargos y porcentajes. Ambas cosas convivieron en los mismos hombres sin que ellos sintieran contradicción.

El 3 de agosto, antes del amanecer, la Santa María, la Pinta y la Niña salieron de la barra de Saltes, frente a Palos, con unos noventa hombres, en su mayoría marineros onubenses reclutados gracias al crédito de los hermanos Pinzón. Hicieron escala en Canarias y el 6 de septiembre dejaron La Gomera. Desde entonces, sólo agua.

Hay que imaginar aquella navegación sin adornarla. Una aguja magnética que, para inquietud de los pilotos, empezó a desviarse de un modo que nadie había registrado. Un cuadrante de dudosa utilidad en una cubierta que nunca estaba quieta. La ampolleta de arena, que un grumete volvía cada media hora cantando una oración, porque el tiempo a bordo se medía rezando. La estima, es decir, el cálculo de la distancia recorrida a partir del rumbo y de la velocidad supuesta; y el diario registra que el almirante llevaba dos cuentas, una menor para la tripulación, a fin de que el miedo no creciera con las leguas. Los alisios empujaban sin descanso hacia el oeste, y más de uno se preguntaría cómo iban a volver contra ellos. Hubo sargazos que hicieron temer bajos, aves que anunciaban tierra que no llegaba, conatos de motín que el diario consigna con sobriedad.

Y hubo, cada tarde, la Salve. El extracto del diario, en la anotación del 11 de octubre, menciona de pasada que los marineros acostumbraban decirla y cantarla a su manera. Es un detalle minúsculo y precioso: noventa hombres perdidos en un océano sin mapas, cantando al anochecer a la Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra. No hace falta añadir nada.

Esa misma noche, hacia las dos de la madrugada del 12 de octubre, el vigía de la Pinta gritó tierra. Al amanecer desembarcaron en una isla que sus habitantes, los lucayos, llamaban Guanahaní y que Colón bautizó San Salvador. El almirante tomó posesión con el estandarte real y las banderas de la cruz verde, ante escribano. Su diario describe a los isleños con una mezcla de admiración, curiosidad y cálculo que ya contiene, en germen, toda la ambigüedad de lo que vendría: los encuentra mansos y bien dispuestos para ser cristianos, y en las mismas líneas anota que serían buenos servidores.

En Barcelona, a su regreso en 1493, los Reyes le recibieron con honores. Ese mismo año, el papa Alejandro VI expidió las bulas llamadas alejandrinas, la principal de ellas la Inter caetera, que concedían a Castilla las tierras descubiertas con el encargo expreso de instruir a sus habitantes en la fe. Aquella cláusula, que podía haber sido una fórmula, se convirtió en el argumento con que frailes y juristas pedirían cuentas a la Corona durante un siglo.

Isabel no fue una santa de estampa ni una gobernante sin sombras; fue una reina de su tiempo, firme hasta la dureza, piadosa hasta la austeridad, capaz de decisiones que hoy juzgamos con severidad. Pero en la cuestión de los indios su voluntad dejó rastro documental. Cuando Colón envió nativos para venderlos como esclavos en Andalucía, la Corona ordenó en 1500 que fuesen liberados y devueltos a sus tierras. Las instrucciones de 1503 al gobernador de La Española insisten en que fuesen tratados como vasallos libres, aunque las mismas disposiciones abrían la puerta a formas de trabajo obligatorio que degenerarían en abuso. Y en el codicilo otorgado en Medina del Campo el 23 de noviembre de 1504, tres días antes de morir, la reina encargó a sus sucesores que «no consientan ni den lugar que los indios [...] reciban agravio alguno en sus personas ni bienes, mas manden que sean bien y justamente tratados». El testamento al que ese codicilo complementa lo había firmado el 12 de octubre de aquel mismo año.

La epopeya de 1492 no necesita ocultar nada. Basta contarla entera para que se vea lo que fue: una hazaña náutica inmensa, una puerta abierta a la evangelización más vasta de la historia y, a la vez, el comienzo de un encuentro desigual en el que la codicia y la caridad iban a disputarse, durante generaciones, el alma de los conquistadores.

V. La mayor aventura

Ninguna empresa misionera anterior se había enfrentado a una escala semejante. Los apóstoles de Irlanda o de Germania habían recorrido tierras emparentadas, al menos, con el mundo que conocían. Los frailes que desembarcaron en Veracruz o en el Callao se encontraron con un continente de cordilleras de seis mil metros, ríos que eran mares, selvas donde el sol no tocaba el suelo, imperios con calendarios, sacerdocios y ciudades mayores que Sevilla, y centenares de pueblos con lenguas sin parentesco alguno con el latín. Muchos de ellos no volvieron a ver España. Iban sabiéndolo.

En 1524 llegaron a México doce franciscanos encabezados por fray Martín de Valencia; dicen las crónicas que hicieron a pie el camino desde la costa, descalzos, y que Hernán Cortés se arrodilló ante ellos en público para que los indígenas comprendieran quién mandaba en el orden del espíritu. A partir de entonces, la red se extendió con una rapidez asombrosa: conventos con capillas abiertas para multitudes que no cabían en ningún templo, escuelas como la de fray Pedro de Gante en México, el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, fundado en 1536 para formar en latín, retórica y filosofía a jóvenes nobles nahuas. En 1539 funcionaba en la capital novohispana la primera imprenta de América, y en 1551 se crearon por cédula real las universidades de México y de Lima. El obispo Vasco de Quiroga, jurista que había leído la Utopía de Tomás Moro, fundó en Michoacán pueblos-hospital donde los indígenas vivían en comunidad, aprendían oficios y se curaban.

La evangelización fue, ante todo, un trabajo filológico de proporciones inauditas. Para predicar había que hablar, y para hablar había que aprender lenguas que nadie había escrito. Fray Andrés de Olmos compuso en 1547 un arte de la lengua náhuatl; fray Alonso de Molina publicó su vocabulario; fray Domingo de Santo Tomás imprimió en Valladolid, en 1560, la primera gramática del quechua. Fray Bernardino de Sahagún dedicó medio siglo a interrogar a ancianos nahuas con método de etnógrafo, y de aquel trabajo nació la Historia general de las cosas de Nueva España, conservada en el Códice Florentino, en dos columnas, náhuatl y castellano, con cientos de ilustraciones. Lo hizo para conocer las antiguas creencias y combatir sus restos; el resultado fue que salvó la memoria de un mundo. Paradójicamente, muchas lenguas indígenas deben su escritura y su supervivencia a quienes querían cambiar la religión de sus hablantes.

En Lima, santo Toribio de Mogrovejo, un jurista leonés nombrado arzobispo sin ser siquiera sacerdote, celebró en 1582-1583 el III Concilio Limense, cuyas disposiciones rigieron la Iglesia sudamericana durante siglos. De él salió la Doctrina christiana y catecismo para instruccion de los indios, impresa en 1584 en castellano, quechua y aimara: el primer libro impreso en América del Sur. Toribio recorrió su inmensa diócesis tres veces, a pie y a mula, por punas y quebradas, aprendió quechua para confesar y murió en 1606 durante una visita pastoral, en Saña, lejos de su catedral. Por los mismos años, el franciscano andaluz san Francisco Solano predicaba en el Tucumán y en el Chaco, y la memoria popular lo recuerda con un violín en las manos, ganando con música a quienes no entendían sus palabras.

En Cartagena de Indias, el jesuita catalán san Pedro Claver bajó durante casi cuarenta años a las bodegas de los barcos negreros, entre el hedor y la fiebre, para lavar, alimentar, consolar y bautizar a los africanos que llegaban encadenados. En su profesión religiosa firmó como esclavo de los negros para siempre. No derribó el sistema; lo desafió con la sola caridad, y su santidad es un juicio permanente sobre la trata. Mucho después, el mallorquín san Junípero Serra, tras años de misión en la Sierra Gorda de Querétaro, subía en 1769, ya con cincuenta y cinco años y una pierna enferma, hasta la Alta California para fundar San Diego, la primera de las nueve misiones que establecería hasta su muerte en 1784. 

El cuarto domingo de Adviento de 1511, en Santo Domingo, el dominico fray Antonio de Montesinos predicó ante los encomenderos un sermón que su comunidad había preparado y firmado en común. Según lo recogió Las Casas, les preguntó si aquellos indios no eran hombres, si no tenían almas racionales, si no estaban obligados a amarlos como a sí mismos. El escándalo llegó a la corte y produjo las Leyes de Burgos de 1512, insuficientes pero sin precedente: era la primera vez que un poder colonizador legislaba para limitar su propio dominio en nombre de la conciencia. Bartolomé de las Casas, que había sido encomendero, renunció a sus indios en 1514 tras meditar un pasaje del Eclesiástico sobre el sacrificio ofrecido con bienes injustos, y dedicó el resto de su larga vida a una defensa apasionada, a veces exagerada en sus cifras y en su retórica, pero moralmente decisiva. En 1537, la bula Sublimis Deus de Paulo III declaró que los indios eran verdaderos hombres, capaces de la fe, y que no podían ser privados de su libertad ni de sus bienes.

El fundamento doctrinal de esta conciencia se forjó en Salamanca. El dominico Francisco de Vitoria, en sus relecciones De Indis de 1539, se preguntó con una audacia que todavía impresiona con qué título habían ido los españoles a América, y rechazó los que muchos daban por buenos: ni el emperador era señor del mundo, ni el Papa tenía potestad temporal sobre los infieles, ni la infidelidad o los pecados de los indios les privaban de su dominio legítimo. Partiendo de la ley natural y del derecho de gentes, admitió sólo títulos limitados, como la libre comunicación entre los pueblos, la predicación pacífica o la protección de inocentes. Con él, Domingo de Soto, Melchor Cano y luego Francisco Suárez construyeron una reflexión sobre el poder, la propiedad y la comunidad internacional de la que bebió todo el derecho de gentes moderno. Las Leyes Nuevas de 1542 intentaron suprimir gradualmente la encomienda, y la resistencia  fue tan violenta en el Perú que costó la vida a un virrey. En 1550, Carlos V llegó a suspender nuevas conquistas mientras se celebraba en Valladolid la controversia entre Las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda sobre la justicia de la guerra contra los indios. Pocos imperios en la historia se han detenido a preguntarse en público con qué derecho dominaban.

La respuesta práctica fue imperfecta, y a menudo las leyes se acataban sin cumplirse. Pero el hecho de que la pregunta se hiciera, y de que la hicieran sobre todo frailes y teólogos en nombre del Evangelio, dice más sobre la naturaleza de la misión que cualquier panegírico. La Iglesia no santificó la conquista; la juzgó. Y al juzgarla, la obligó a medirse con una ley más alta que la del vencedor.

VI. La Virgen en las dos orillas

Los conquistadores llevaron imágenes de la Virgen en el arzón de la silla y en el castillo de popa. Pero lo que ocurrió después no lo llevaron ellos. La devoción mariana de América no fue una copia de la española: fue una respuesta. En cada lugar, los pueblos recién bautizados encontraron a la Madre con un rostro propio, y la Iglesia, que es católica precisamente porque no tiene un solo rostro humano, supo reconocerla en todos.

El caso más alto es el de Guadalupe. El nombre venía de Extremadura, de un santuario jerónimo en las Villuercas al que peregrinaron los Reyes Católicos y al que Colón, agradecido, dedicó una isla de las Antillas en su segundo viaje. Pero lo que se venera en el Tepeyac es otra cosa. La tradición mexicana refiere que en diciembre de 1531 la Virgen se apareció a un indígena bautizado, Juan Diego Cuauhtlatoatzin, y que su imagen quedó estampada en la tilma que éste llevó al obispo fray Juan de Zumárraga. El relato más célebre, el Nican mopohua, escrito en un náhuatl de exquisita cortesía y atribuido al humanista indígena Antonio Valeriano, fue publicado en 1649 por el bachiller Luis Lasso de la Vega, un año después del libro del presbítero Miguel Sánchez. El silencio de algunos documentos tempranos ha alimentado una controversia histórica que los creyentes no tienen por qué temer, y que no afecta a lo indudable: que el culto existe desde mediados del siglo XVI, que la imagen ha sido venerada sin interrupción desde entonces y que Benedicto XIV aprobó en 1754 su fiesta propia del 12 de diciembre. San Pío X la declaró en 1910 patrona de América Latina; Pío XII la llamó en 1945 Emperatriz de las Américas; san Juan Pablo II canonizó a Juan Diego en 2002. Y hay en la imagen algo que ningún argumento sustituye: una mujer de piel morena, con el cinto de las embarazadas, que no aplasta ni vence a nadie, que está de pie delante del sol y oculta su luz para que se vea la de otro. La Madre que trae al Hijo.

En el Río de la Plata, la historia es más humilde todavía. En 1630, una pequeña imagen de terracota de la Inmaculada, encargada desde el Brasil por un hacendado portugués, viajaba en carreta hacia Santiago del Estero. Junto al río Luján, los bueyes se negaron a avanzar mientras la caja permaneciera en el carro. Los arrieros lo interpretaron como señal, y allí quedó la Virgen, al cuidado de un esclavo africano, el negro Manuel, que la velería durante décadas. Una imagen de menos de cuarenta centímetros, un hombre sin libertad y una pampa sin fin: de eso nació la patrona de Argentina, coronada en 1887 con autorización de León XIII y declarada por Pío XI en 1930 patrona también del Uruguay y del Paraguay.

En el Nuevo Reino de Granada, hacia 1562, el pintor Alonso de Narváez había pintado sobre una manta de algodón a la Virgen del Rosario entre san Antonio y san Andrés, para la capilla de un encomendero. La humedad y el abandono la dejaron casi borrada. Según el proceso informativo que las autoridades eclesiásticas abrieron poco después, el 26 de diciembre de 1586, en Chiquinquirá, mientras una mujer piadosa, María Ramos, rezaba ante el lienzo raído, una indígena llamada Isabel y un niño vieron que la imagen recobraba sus colores. Pío VII la declaró patrona de Colombia en 1829, y fue coronada en 1919.

A orillas del Titicaca, a casi cuatro mil metros, la Virgen de Copacabana tiene una historia que conmueve por otra razón. Su imagen la talló un descendiente de la nobleza incaica, Francisco Tito Yupanqui, que aprendió el oficio con esfuerzo, fue despreciado por sus primeras obras y perseveró hasta que su talla fue entronizada en 1583. Aquella Virgen de rasgos andinos, con un cirio en la mano y el Niño en el brazo, es obra de las manos de un hijo de los incas y no de un imaginero sevillano. La devoción americana a María no fue sólo recibida; fue también hecha por los propios americanos.

La lista podría prolongarse: la Caridad del Cobre, hallada en 1612 flotando en la bahía de Nipe por dos hermanos indígenas y un niño esclavo; la Virgen de Coromoto, en los llanos venezolanos; la del Quinche, en el Ecuador; las incontables Inmaculadas, Dolorosas y Candelarias de los pueblos andinos, cada una con su fiesta, su danza, su cofradía y su promesa. Y el Pilar, que también cruzó el mar, en las iglesias que le dedicaron los aragoneses de Indias, en las ciudades que llevan su nombre, en las mujeres que se llaman Pilar en Buenos Aires o en Bogotá.

El océano que separaba Zaragoza del Tepeyac era inmenso, y lo sigue siendo: no hay que fingir que un andaluz y un aimara, un aragonés y un tzotzil, viven la fe del mismo modo. Pero hay una distancia que la Madre suprime sin suprimir las diferencias. Al pie de la Cruz, el Señor no dijo a Juan «ahí tienes a la Madre de los judíos», ni «de los galileos», sino «ahí tienes a tu Madre» (Jn 19, 27); y la tradición ha visto en el discípulo amado a cada cristiano. La maternidad espiritual de María es, por eso, la forma más concreta de la catolicidad: no una abstracción universal, sino una Madre que tiene muchos hijos y los conoce uno a uno, cada uno con su lengua.

Por encima de las aguas que separaban dos mundos, durante siglos, generaciones de marinos rezaron la Salve al anochecer, como aquellos de 1492. Y en ambas orillas, gente que nunca se conoció, que no habría entendido el idioma de la otra, se arrodilló ante la misma Madre y le pidió lo mismo: que rogara por ellos ahora y en la hora de su muerte. No hay otra unidad más honda que ésa. El mar, que para la geografía es distancia, para la fe fue camino; y donde los hombres vieron una frontera de agua, la Virgen vio un manto.

VII. Qué es la Hispanidad

La conmemoración civil del 12 de octubre es mucho más reciente que la fiesta del Pilar, y su nombre ha cambiado varias veces. En 1892, para el cuarto centenario del descubrimiento, un real decreto fechado en La Rábida declaró fiesta nacional aquel día, pero sólo aquel año. En los años siguientes, el impulso de la Unión Ibero-Americana y de su presidente, Faustino Rodríguez-San Pedro, difundió la llamada Fiesta de la Raza, que una ley de 1918 consagró en España y que varias repúblicas americanas adoptaron con nombres semejantes. La palabra «raza» no designaba entonces, en la intención de la mayoría, un linaje biológico, sino una comunidad de lengua, historia y costumbres; pero era equívoca, y lo sería cada vez más en la Europa de entreguerras.

En 1926, un sacerdote vizcaíno residente en Buenos Aires, Zacarías de Vizcarra, propuso sustituirla por «Hispanidad», por analogía con «Cristiandad»: así como ésta designaba el conjunto de los pueblos cristianos, aquélla nombraría el de los pueblos hispánicos. El término lo recogió Ramiro de Maeztu, que había sido embajador en la Argentina, en el artículo con que abrió la revista Acción Española el 15 de diciembre de 1931, y que empieza: «El 12 de octubre, mal titulado el Día de la Raza, deberá ser en lo sucesivo el Día de la Hispanidad». En 1934 reunió aquellos ensayos en Defensa de la Hispanidad. Un decreto de 9 de enero de 1958 dio al Día de la Hispanidad rango de fiesta nacional; en 1981 se habló de «Fiesta Nacional de España y Día de la Hispanidad»; y la Ley 18/1987, de 7 de octubre, la denominó simplemente Fiesta Nacional de España. Nada de esto toca a la liturgia: la Iglesia celebraba a la Virgen del Pilar el 12 de octubre antes de cualquier decreto y la seguirá celebrando después.

La tesis de Maeztu era clara: lo que une a los pueblos hispánicos no es la sangre ni el suelo, sino un espíritu, y ese espíritu es, en su raíz, católico. Veía en la obra de España en América la afirmación práctica de que todos los hombres pueden salvarse, de que la diferencia de raza o de cultura no excluye a nadie de la redención, y encontraba la expresión doctrinal de esa convicción en la defensa tridentina del libre albedrío frente al protestantismo. De ahí su diagnóstico: la crisis de los pueblos hispánicos era, antes que política o económica, una crisis de sus principios religiosos. Maeztu escribió en una España desgarrada, con la pasión de un converso de la generación del 98 que había pasado por Nietzsche y por el socialismo británico; fue asesinado en octubre de 1936.

Menéndez Pelayo había planteado medio siglo antes el mismo problema con otros instrumentos: no el ensayo de combate, sino la erudición monumental. Su Historia de los heterodoxos españoles se cierra con un epílogo de 1882 cuyas líneas más célebres dicen: «España, evangelizadora de la mitad del orbe; España, martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio...; ésa es nuestra grandeza y nuestra unidad; no tenemos otra». Pero don Marcelino era, sobre todo, un historiador de la cultura que estudió con amor la poesía hispanoamericana en su Antología y que corrigió con los años muchos de sus juicios juveniles. Para él, la unidad de los pueblos hispánicos era la de una tradición intelectual y estética vivificada por la fe, no una construcción política. Juan Vázquez de Mella, el gran orador tradicionalista, la pensó en cambio en términos de una arquitectura social: la sociedad como federación de cuerpos intermedios —familias, municipios, regiones, gremios— con su propia soberanía social frente al Estado, y, en el horizonte, una confederación espiritual de las naciones de origen hispánico. Y Donoso Cortés, el más metafísico de todos, había enseñado en su Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo (1851) que en el fondo de toda cuestión política late una cuestión teológica. Sería un error fundir a estos hombres en una escuela: discrepaban en mucho. Les une la convicción de que una comunidad humana no se explica sin aquello que adora.

Esa convicción tiene fundamento en el magisterio, aunque los Papas no escribieran sobre la Hispanidad como tal. León XIII, en Immortale Dei (1885), recordó que «hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados» (fuit aliquando tempus, cum evangelica philosophia gubernaret civitates), y enseñó que la sociedad política, como el individuo, tiene deberes para con Dios; en Libertas (1888) explicó que la libertad humana no es la ausencia de ley, sino la facultad de obrar el bien conforme a la recta razón y a la ley eterna. San Pío X tomó por lema el instaurare omnia in Christo de san Pablo (Ef 1, 10), y en la carta Notre charge apostolique (1910) escribió que la civilización no está por inventar ni la ciudad nueva por construir en las nubes: «ha existido, existe; es la civilización cristiana, es la ciudad católica». Pío XI, en Quas primas (1925), instituyó la fiesta de Cristo Rey enseñando que su realeza se extiende no sólo a los individuos, sino también a las familias y a las sociedades, y denunció el laicismo como el mal característico de la época. Pío XII, en Summi Pontificatus (1939), insistió en la unidad del género humano frente a los nacionalismos exacerbados y en que la Iglesia, sin desdeñar el genio propio de cada pueblo, no se identifica con ninguno.

Esta última advertencia es decisiva para pensar rectamente la Hispanidad. El catolicismo es universal por esencia, y ninguna nación, ninguna lengua, ninguna cultura puede reclamarlo como patrimonio. La Iglesia era católica en Antioquía y en Cartago cuando España no existía, y lo es hoy en Kinsasa, en Manila y en Seúl. La Hispanidad no es la Iglesia, ni una Iglesia nacional ampliada, ni un pueblo elegido. Puede entenderse, con verdad, como una de las grandes expresiones históricas de la fe católica, una forma concreta en que el Evangelio se encarnó en unos pueblos, en una lengua, en un derecho, en un arte; y por eso mismo, como toda encarnación histórica, está sometida al juicio del Evangelio que la hizo nacer. Lo que tiene de grande lo debe a Cristo; lo que tiene de miserable, a los hombres.

VIII. Lo que queda de la herencia

Hay que empezar por los hechos, porque sin ellos cualquier lamento es literatura. En España, las series de encuestas del Centro de Investigaciones Sociológicas registran desde hace décadas un descenso sostenido de quienes se declaran católicos y, más acusado aún, de quienes asisten a misa con regularidad; los bautismos y los matrimonios canónicos han dejado de ser la norma; los seminarios, que en otro tiempo enviaban sacerdotes a medio mundo, reciben ahora a menudo vocaciones llegadas de América y de África. En Hispanoamérica, el catolicismo sigue siendo mayoritario en casi todos los países, pero ha perdido en dos o tres generaciones una parte considerable de su población en favor de las comunidades evangélicas y pentecostales y de quienes no se adscriben a religión alguna. La devoción popular resiste con una tenacidad asombrosa —millones de peregrinos acuden cada diciembre al Tepeyac, y cada octubre la ofrenda de flores cubre de color la plaza del Pilar—, pero convive con una vida pública, una educación y unas costumbres que ya no se piensan a sí mismas desde la fe.

Esos son datos. Su interpretación sociológica admite varias lecturas, y ninguna es completa. La urbanización acelerada deshizo las parroquias rurales que transmitían la fe por ósmosis; la escolarización de masas y los medios de comunicación sustituyeron a la familia y al púlpito como fuentes de sentido; la prosperidad material debilitó la experiencia de la dependencia; y la propia Iglesia, en no pocos lugares, dejó de enseñar con claridad lo que había recibido. Ninguna de estas causas basta por sí sola. Todas juntas describen el paisaje.

Pero el juicio teológico es de otro orden, y no debe confundirse con el sociológico. La fe no se hereda como un apellido ni se conserva como un monumento. Se transmite. San Pablo lo dice con una fórmula que es casi una definición de la Tradición: «os transmití lo que yo mismo recibí» (1 Cor 15, 3). Cada generación cristiana es un eslabón, y basta que una se rompa para que la siguiente reciba sólo los restos: las fiestas sin su sentido, los nombres de los santos en las calles sin su Historia, las catedrales convertidas en museo. Una civilización que deja de transmitir las convicciones que la formaron no se vuelve neutral; vive durante un tiempo de las rentas morales acumuladas —la dignidad de la persona, la compasión por el débil, la idea de que la ley debe ser justa— y después descubre, a veces con sorpresa, que esas rentas no se renuevan solas. Chesterton escribió en Ortodoxia que el mundo moderno está lleno de viejas virtudes cristianas que se han vuelto locas, porque se han separado unas de otras; el siglo XX se encargó de darle la razón.

¿Puede entonces una comunidad espiritual sobrevivir reducida a lazos de lengua, de comercio o de cultura? Puede durar, sin duda; las lenguas son longevas y los intereses comunes, tenaces. Pero ya no sería lo que Maeztu, Vizcarra o Menéndez Pelayo llamaron Hispanidad, sino algo menor: un área idiomática, un mercado, un circuito de festivales. Lo que hizo de aquellos pueblos una familia, y no sólo un conjunto de antiguos súbditos de la misma corona, fue que se arrodillaban ante el mismo altar. Si eso desaparece, la familia se convierte en vecindario.

Y sin embargo, el diagnóstico católico nunca es una necrológica. La Iglesia ha visto desaparecer cristiandades enteras —el África de san Agustín, el Asia Menor de los grandes concilios— y florecer otras donde nadie lo esperaba. El Señor no prometió a España, ni a ninguna nación, la perseverancia en la fe; la prometió a su Iglesia. La nostalgia de un poder temporal desaparecido no es una virtud teologal. El centro de todo esto no es el Imperio, ni la Monarquía, ni la lengua castellana, sino Jesucristo, el mismo ayer y hoy y por los siglos (Heb 13, 8).

La responsabilidad que de ahí se deriva es, por eso, más humilde y más exigente que cualquier programa. Consiste en volver a hacer lo que hicieron los primeros: enseñar el catecismo a los propios hijos, rezar en familia, frecuentar los sacramentos, vivir la caridad de modo que resulte inexplicable sin Dios, estudiar la propia fe con la seriedad con que se estudia una profesión, y dar razón de la esperanza con mansedumbre y respeto (1 Pe 3, 15). Las cristiandades no se fundan por decreto. Se fundan como se fundó la primera de esta tierra: con un puñado de creyentes junto a un río, de noche, cuando todo parecía perdido.

IX. La columna que permanece

El Ebro sigue bajando. Es el mismo río y no lo es; ninguna de sus aguas es la de aquella noche, y sin embargo nadie dudaría en llamarlo por su nombre. Las murallas romanas asoman a trozos junto al mercado, como huesos de un cuerpo enterrado. Donde hubo calzada hay asfalto. Donde ardieron Engracia y sus compañeros se levanta una iglesia; donde estuvo la Saraqusta de los Tújibíes se alza la Aljafería con sus arcos entrelazados; donde los mariscales de Napoleón asediaron la ciudad dos veces, calle por calle y casa por casa, los niños juegan en plazas que llevan los nombres de los defensores.

Han pasado casi dos mil años. Cayeron el Imperio de Augusto y el reino de los godos. Pasaron el califato y las taifas, la Corona de Aragón y la Monarquía que se extendió por cuatro continentes. Se fundaron México y Lima, Quito y Santiago, Buenos Aires y Manila. Naves cargadas de plata cruzaron el océano en un sentido y naves cargadas de frailes en el otro. Nacieron repúblicas, se escribieron constituciones, se libraron guerras de independencia y guerras civiles. Se olvidaron lenguas y nacieron otras. Generaciones enteras vivieron y murieron sin dejar más rastro que un nombre en un libro parroquial: labradores de Calanda, arrieros de Luján, tejedoras de Copacabana, marineros de Palos. Todo lo que el hombre construyó con su fuerza ha cambiado de forma o de dueño.

Y allí, en la orilla, la columna.

Está forrada de bronce y de plata, cubierta casi siempre por un manto que cambia según los días, y sobre ella una pequeña imagen gótica de la Virgen con el Niño, de apenas treinta y ocho centímetros, ocupa un lugar que no guarda proporción alguna con su tamaño. Por detrás, en un hueco abierto en el revestimiento, los peregrinos besan el jaspe desnudo, y el roce de millones de labios lo ha ido gastando. Esa pequeña concavidad en la piedra es quizá el documento más elocuente de toda la historia que aquí se ha contado: no lo escribió ningún cronista, no lo firmó ningún rey, no lo aprobó ninguna congregación romana. Lo hicieron los pobres, uno a uno, a lo largo de los siglos. En el verano de 1936 cayeron sobre el templo tres bombas que no estallaron; dos de ellas cuelgan todavía de un pilar de la basílica, y cada cual las mira con la fe o la extrañeza que tiene. La columna sigue donde estaba.

Aquí se revela la diferencia que todo el recorrido anterior venía preparando. Las obras humanas, incluso las más nobles, están hechas de tiempo, y el tiempo las reclama. Los imperios pasan, y pasan también las cristiandades que florecieron a su sombra. Lo que no pasa es la verdad que Dios ha revelado, ni la fidelidad con que la sostiene. «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mt 24, 35). La grandeza de España, si la tuvo, no estuvo en las leguas que dominó ni en el oro que transportó, sino en las almas que, por medio de sus misioneros y a pesar de sus pecados, conocieron a Cristo; y aun esa grandeza no era suya. La evangelización no se hizo para gloria de España. Se hizo, cuando se hizo bien, ad maiorem Dei gloriam y para la salvación de las almas, y la única gloria que le toca a quien la hizo es la del siervo inútil que ha hecho lo que debía (Lc 17, 10).

Por eso la columna es la imagen exacta de lo que se nos pide. No conquistar, sino permanecer. No brillar, sino sostener. La Virgen no aparece en la tradición del Pilar como guerrera ni como reina de un imperio, sino como madre que acude junto a un apóstol desalentado y le deja algo para apoyarse. Lo que Ella sostuvo entonces no fue la gloria de un pueblo, sino la esperanza de un predicador que creía haber fracasado. Y la columna que dejó dice, en su silencio, lo mismo que dijo en Caná su última palabra registrada en el Evangelio: haced lo que él os diga (Jn 2, 5). Ella no se señala a sí misma. Señala al Hijo.

Quizá nuestro tiempo se parezca más a aquella noche junto al Ebro que a la mañana de Guanahaní. Otra vez los creyentes son pocos en muchos lugares, otra vez la predicación parece estéril, otra vez el mundo sigue su curso sin enterarse. Pero aquella noche no era el final de nada. Era el principio. Lo que Dios funda empieza siempre por debajo de la Historia, y por debajo de la Historia sigue, cuando las obras de los hombres se derrumban.

Santa María del Pilar, Madre de Dios y Madre nuestra: tú que viniste a confortar a Santiago cuando la tierra de España parecía cerrada al Evangelio, no abandones a los hijos de esta tierra ni a los de aquellas otras que cruzaron el mar para conocer a tu Hijo. A los que todavía creen, dales perseverancia; a los que dudan, luz; a los que se han ido, el camino de vuelta. Que no nos avergoncemos de lo que recibimos ni lo confundamos con nuestra propia gloria. Enséñanos a transmitir la fe como se transmite el fuego, de mano en mano, en la noche. Y cuando todo se mueva a nuestro alrededor —las ideas, las fronteras, los afectos, las certezas—, sé Tú nuestro apoyo, como lo fuiste para el apóstol a orillas del río.

Que el río pase.

Que la columna quede.



Bibliografía seleccionada

Fuentes históricas

  • Prudencio, Peristephanon, himnos III (Eulalia) y IV (los dieciocho mártires de Zaragoza).
  • San Isidoro de Sevilla, Etymologiae; Historia Gothorum, Wandalorum et Sueborum, con el prólogo De laude Spaniae.
  • Cristóbal Colón, Textos y documentos completos, ed. de Consuelo Varela, Madrid, Alianza (incluye el diario del primer viaje en el extracto de Las Casas).
  • Isabel la Católica, Testamento (Medina del Campo, 12 de octubre de 1504) y Codicilo (23 de noviembre de 1504).
  • Bartolomé de las Casas, Historia de las Indias; Brevísima relación de la destrucción de las Indias (1552).
  • Francisco de Vitoria, Relectio de Indis (1539), ed. crítica de Luciano Pereña, Corpus Hispanorum de Pace, Madrid, CSIC.
  • Fray Bernardino de Sahagún, Historia general de las cosas de Nueva España (Códice Florentino).
  • Doctrina christiana y catecismo para instruccion de los indios, Lima, Antonio Ricardo, 1584 (III Concilio Limense).
  • Manuel Risco, España Sagrada, t. XXX (sobre la Iglesia de Zaragoza y la tradición del Pilar).
  • Actas del proceso del milagro de Calanda, sentencia del arzobispo Pedro Apaolaza (Zaragoza, 1641).

Documentos eclesiásticos

  • Alejandro VI, bula Inter caetera (1493).
  • Paulo III, bula Sublimis Deus (1537).
  • Sagrada Congregación de Ritos, concesión del oficio propio de Nuestra Señora del Pilar (7 de agosto de 1723).
  • León XIII, encíclicas Immortale Dei (1885) y Libertas (1888).
  • San Pío X, encíclica E supremi apostolatus (1903); carta Notre charge apostolique (1910).
  • Pío XI, encíclica Quas primas (1925).
  • Pío XII, encíclica Summi Pontificatus (1939).
  • Concilio Vaticano II, constitución Lumen gentium, cap. VIII (1964).

Estudios e interpretación

  • Marcelino Menéndez Pelayo, Historia de los heterodoxos españoles (1880-1882); Antología de poetas hispano-americanos (1893-1895).
  • Juan Donoso Cortés, Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo (1851).
  • Juan Vázquez de Mella, Obras completas, Madrid, 1931-1942.
  • Ramiro de Maeztu, Defensa de la Hispanidad (1934).
  • Manuel García Morente, Idea de la Hispanidad (1938).
  • G. K. Chesterton, Ortodoxia (1908).
  • Robert Ricard, La conquista espiritual de México (1933; trad. esp. México, FCE).
  • Lewis Hanke, La lucha por la justicia en la conquista de América.
  • Pedro Borges (dir.), Historia de la Iglesia en Hispanoamérica y Filipinas, 2 vols., Madrid, BAC, 1992.
  • Ricardo García-Villoslada (dir.), Historia de la Iglesia en España, Madrid, BAC.
  • Tarsicio de Azcona, Isabel la Católica, Madrid, BAC.
  • Luis Suárez Fernández, Isabel I, reina, Barcelona, Ariel, 2000.
  • David A. Brading, La Virgen de Guadalupe: imagen y tradición, México, Taurus, 2002.
  • J. H. Elliott, Imperios del mundo atlántico: España y Gran Bretaña en América (1492-1830), Madrid, Taurus, 2006.

Nota sobre las fuentes: la venida de la Virgen a Zaragoza es una tradición venerable que la Iglesia permite creer piadosamente, no un hecho documentado ni una verdad de fe; su culto está atestiguado con nombre propio desde 1299. La coincidencia entre la fiesta del Pilar y el 12 de octubre de 1492 es de calendario; su lectura providencial es interpretación.

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