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Antes que las carabelas, el Pilar

  María y el destino católico de la Hispanidad I. Una noche junto al Ebro El Ebro no sabía nada. Bajaba aquella noche como bajaba desde antes de que hubiese nombres en sus orillas, ancho y terroso, empujando hacia el mar los limos del Moncayo y de las sierras del norte, rozando con su lomo oscuro los muros de una colonia que Augusto había fundado para sus veteranos y que llevaba, con la naturalidad con que entonces se ponían nombres de emperadores a las ciudades, el suyo propio: Caesar Augusta . Por la calzada que subía del valle hacia Tarraco y por la que bajaba hacia Emerita pasaban de día carros de aceite y de trigo, funcionarios con sus tablillas, soldados licenciados, mercaderes sirios con la lengua llena de puertos. De noche quedaban las piedras, los mojones miliarios con sus cifras, el ladrido de un perro en una villa lejana y el rumor inmenso del agua. En aquella orilla, dice la tradición de la Iglesia de Zaragoza, rezaba un hombre de Galilea con un puñado de discípulos. H...

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