LOS QUE OLVIDARON ÍTACA: Pequeña odisea del católico tradicionalista
Francesco Hayez, Ulises en la corte de Alcínoo (1814-1815). Después de todas las tentaciones del viaje, quedaba todavía una cosa: regresar
LOS QUE OLVIDARON ÍTACA
Pequeña odisea del católico tradicionalista
Hay una escena en la Odisea que, a fuerza de haber sido repetida durante casi tres mil años, corre el peligro de parecernos demasiado conocida para seguir siendo terrible. Ulises está sentado en una playa. No combate. No hay cíclopes, ni lanzas, ni tempestades, ni cadáveres de compañeros flotando entre los restos de una nave. Tampoco pasa hambre. Muy al contrario: está en la isla de Calipso, una diosa lo ama, nada verdaderamente desagradable parece amenazarlo y hasta se le abre delante una existencia que cualquier prudente administrador de riesgos habría considerado infinitamente preferible a la aventura de hacerse otra vez a la mar. Y, sin embargo, aquel hombre mira el horizonte y llora.
Llora por Ítaca
Conviene empezar por ahí, porque la Odisea no es, como tantas veces se dice con esa desenvoltura con que se dicen las cosas que todo el mundo ha oído pero pocos han leído, la historia de un hombre que busca su destino. Ulises conoce perfectamente su destino. Tampoco busca una patria. Ya tiene una. Ni pretende fundar una ciudad más moderna que aquella pequeña isla pedregosa de la que salió veinte años atrás. Ulises quiere volver.
Y acaso sea ésta la primera razón por la que un católico de la Tradición puede leer a Homero con una incomodidad particular.
Porque tampoco él pretende —o no debería pretender— descubrir una Iglesia desconocida. No navega en busca de un cristianismo más puro que el cristianismo, ni de una liturgia que haya concebido durante una tarde especialmente inspirada, ni de una doctrina reservada a unos pocos iniciados capaces de descubrir lo que diecinueve siglos de santos, doctores, papas, concilios y mártires no consiguieron averiguar. Si de verdad es tradicional, su movimiento fundamental no es la invención, sino el regreso. Recibió algo. Sabe, o cree saber, de dónde viene. Y precisamente por eso sospecha de quienes le aseguran que la única manera de ser fiel a la casa consiste en marcharse definitivamente de ella.
La palabra decisiva es, pues, regreso.
Y por eso nuestra historia no empieza propiamente con una batalla.
Empieza con la memoria de Ítaca.
El loto
Antes de Calipso estuvieron los lotófagos.
El episodio es breve y, precisamente por ello, formidable. Los hombres de Ulises desembarcan en una tierra cuyos habitantes comen el loto. Algunos compañeros prueban aquel alimento y ocurre algo mucho más peligroso que una derrota: dejan de querer regresar. No son asesinados. No son encarcelados. No se les exige que abjuren solemnemente de Penélope, quemen una imagen de Ítaca o redacten un documento explicando que jamás existió semejante isla. Sencillamente, comen.
Y olvidan.
Ulises tiene que llevárselos por la fuerza hasta las naves.
Ésta es una de esas intuiciones de los antiguos que nuestra civilización, después de inventar innumerables ciencias destinadas a explicarnos lo que somos, todavía no ha conseguido mejorar. Hay derrotas que necesitan verdugos; otras sólo necesitan comodidad. Hay ideas que no es necesario refutar: basta conseguir que nadie tenga ganas de defenderlas. Y hay patrias que no necesitan ser conquistadas si puede persuadirse a sus hijos de que regresar a ellas resulta cansado, inconveniente o, peor todavía, de mal gusto.
Quizá por eso el loto sea una imagen más apropiada para comprender determinadas metamorfosis del catolicismo tradicional que todos los dragones apocalípticos que pudiéramos convocar.
Porque el tradicionalista rara vez se despierta una mañana, después de veinte años de combate, exclamando que el liberalismo era maravilloso, que el modernismo fue injustamente condenado y que la reforma litúrgica constituye la culminación de veinte siglos de culto cristiano. Las conversiones intelectuales existen, naturalmente, pero la historia humana conoce un procedimiento bastante menos fatigoso: acostumbrarse.
Primero se deja de hablar de ciertas cosas porque pueden resultar inoportunas.
Después se descubre que quienes continúan hablando de ellas poseen un carácter excesivamente áspero.
Más tarde se comprende que, en realidad, las antiguas controversias pertenecían a otra época.
Finalmente uno sigue celebrando la misma misa, utilizando el mismo misal, vistiendo la misma casulla, pronunciando las mismas palabras latinas y quizá cantando el mismo Credo que cantaba cuando comenzó su combate, sólo que ya no recuerda exactamente por qué comenzó a combatir.
El loto tiene esa ventaja.
No exige apostasías: produce amnesia.
Y llegamos así a aquella palabra francesa que durante años tuvo entre los discípulos de Monseñor Marcel Lefebvre una sonoridad casi zoológica: ralliés.
La palabra tiene historia anterior y no fue inventada por Lefebvre, naturalmente. Francia conocía bien el ralliement. Pero en el pequeño mundo tradicionalista posterior a 1988 adquirió una significación concreta. Designó a quienes, después de las consagraciones episcopales de Écône, aceptaron una regularización con las autoridades romanas y se colocaron bajo el régimen inaugurado alrededor de Ecclesia Dei. Allí aparecerían comunidades, institutos, monasterios y sacerdotes que conservaron la antigua liturgia y que rechazaron, además, que semejante regularización significase necesariamente una capitulación doctrinal.
Conviene decir esto porque una polémica se vuelve aburrida en cuanto uno empieza por falsificar al adversario.
No todos los llamados ralliés pensaron lo mismo. No todos recorrieron idéntico camino. No todos abandonaron las mismas posiciones. Algunos sostuvieron expresamente que no habían renunciado en absoluto al combate por la Tradición. Y si queremos discutir con ellos, habrá que discutir con lo que dijeron, no con muñecos fabricados para ser derribados antes del desayuno.
Pero tampoco conviene falsificar a Lefebvre.
Porque reducir su objeción a una rabieta canónica —«ellos pactaron y nosotros no»— sería no haber entendido gran cosa.
El viejo arzobispo temía algo más sutil: temía el loto.
Una misa puede sobrevivir a una derrota.
Éste es quizá uno de los puntos más incómodos de toda la cuestión.
Durante mucho tiempo se ha presentado la batalla tradicionalista como una batalla por la misa. Y lo fue, evidentemente. ¿Cómo no habría de serlo? La liturgia no constituye un elemento decorativo de la religión católica, como la música ambiental de un restaurante; expresa una teología, educa una fe y ordena al hombre hacia Dios mediante gestos, silencios, palabras y sacrificio.
Pero Lefebvre insistió una y otra vez en que el problema no terminaba allí.
Se podía devolver la misa y conservar la revolución. Peor aún: podía devolverse precisamente la misa para hacer tolerable la revolución.
Y aquí comienza el verdadero problema de los ralliés.
¿Qué ocurriría si Roma dijera al tradicionalista: conserve usted su altar, su latín, su canto gregoriano, su sotana, sus rúbricas y sus magníficas casullas; construya seminarios, publique misales, organice peregrinaciones y celebre pontificales capaces de hacer llorar a un fotógrafo, pero deje de presentar la crisis contemporánea de la Iglesia como una crisis doctrinal?
La propuesta sería mucho más peligrosa que una persecución. Las persecuciones tienen la descortesía de recordarnos quiénes somos.
La tolerancia puede hacérnoslo olvidar.
Y no es difícil imaginar el proceso. Al principio se afirma: «No hemos renunciado a nada». Después: «No es prudente insistir ahora en determinadas cuestiones». Más tarde: «Esas expresiones pertenecían al contexto polémico de los años setenta». Luego: «Hay que interpretar todo aquello a la luz del magisterio posterior». Finalmente llega una generación de sacerdotes que conoce perfectamente las rúbricas de 1962 pero contempla las antiguas batallas doctrinales como las extravagancias temperamentales de unos antepasados particularmente franceses.
La revolución habrá realizado entonces una obra maestra.
No habrá destruido la misa: la habrá convertido en reserva india.
Circe sabe recibir
Después están los palacios.
La resistencia tiene una desventaja social considerable: cansa.
Al principio incluso puede resultar romántica. Hay algo juvenilmente atractivo en ser pocos, estar perseguidos, celebrar misas en garajes, capillas improvisadas o salones prestados y escuchar a sacerdotes que parecen jugarse algo cada vez que suben al altar. Pero pasan los años. Los niños crecen. Los sacerdotes envejecen. Los fieles quieren iglesias. Los seminaristas necesitan seminarios. Los institutos necesitan personalidad jurídica. Los edificios necesitan permisos. Las cuentas necesitan bancos. Y hasta el más aguerrido cruzado descubre tarde o temprano que una calefacción central funciona mejor cuando alguien paga la factura.
Circe lo sabe.
Por eso Circe no recibe a los navegantes con una espada.
Los invita a entrar.
Sería pueril convertir esto en una acusación contra cualquier reconocimiento canónico. La Iglesia es una sociedad visible y jerárquica, y ningún católico puede considerar la irregularidad un sacramento. La anomalía no es un ideal. Nadie sensato debería enamorarse de una situación de emergencia hasta el extremo de querer perpetuarla por el placer de sentirse heroico.
Precisamente por eso la cuestión planteada por Lefebvre era infinitamente más seria.
No preguntaba simplemente:
—¿Nos reconocerán?
Preguntaba:
—¿Qué reconoceremos nosotros a cambio?
Ésa es toda la diferencia.
Si el precio de salir de una situación anormal consiste simplemente en recibir aquello que la justicia y el derecho permiten recibir, bendito sea Dios.
Pero si el precio consiste en callar acerca de aquello por lo cual se aceptó durante décadas la anomalía, entonces quizá Circe haya preparado la mesa.
Y una mesa bien servida puede ser peligrosísima para hombres que llevan veinte años comiendo en cubierta.
Las sirenas tienen excelentes modales
Naturalmente, no todo puede resolverse mediante comida.
Para eso están las sirenas.
Las sirenas no dicen tonterías.
Éste es un detalle que suele olvidarse cuando se convierte el episodio homérico en cuento infantil. Su peligro procede precisamente de que saben: prometen conocimiento, conocen Troya, conocen las desgracias de griegos y troyanos. Su canto no es un ruido absurdo, sino una voz que merece ser escuchada.
La tentación verdaderamente peligrosa nunca dice:
—Abandona la fe.
Dice:
—Seamos razonables.
Y entonces comienza la música.
«No podemos vivir permanentemente en 1970.»
«Hay que superar viejas heridas.»
«La situación ha cambiado.»
«Hoy tenemos obispos que nos reciben.»
«La misa tradicional está reconocida.»
«Hay jóvenes sacerdotes interesados en la Tradición.»
«No debemos encerrarnos.»
«Hay que trabajar desde dentro.»
«No podemos exigir que Roma cambie antes de hablar con Roma.»
Obsérvese que algunas de estas frases pueden contener una parte considerable de verdad.
Precisamente por eso son sirenas y no rebuznos.
El problema no consiste en preguntar si cada proposición, aislada en una probeta, contiene elementos verdaderos. El navegante pregunta algo mucho más práctico:
¿Hacia dónde va el barco mientras escuchamos?
Porque un barco puede mantener intacta su madera, sus velas, su bandera y hasta la brújula mientras cambia imperceptiblemente de rumbo.
Y quizá ése fuese el miedo más profundo de Lefebvre cuando hablaba de una especie de ósmosis entre los tradicionalistas regularizados y el mundo eclesiástico que los recibía. No imaginaba necesariamente a un sacerdote entrando en un despacho romano como antimodernista y saliendo cuarenta minutos después convertido en discípulo de Teilhard de Chardin. Las cosas humanas rara vez tienen esa cortesía teatral.
La ósmosis necesita años: una comida, una amistad, una invitación, una concelebración que parece conveniente, una palabra que ya no se emplea, un libro que deja de recomendarse, una condena que empieza a resultar embarazosa, un aniversario que ya no se celebra, una fotografía que sería mejor no publicar...
Hasta que un día nadie ha firmado nada, nadie ha abjurado de nada, nadie ha traicionado formalmente a nadie y, sin embargo, el nieto espiritual piensa exactamente aquello contra lo que combatió el abuelo.
Es un procedimiento admirable.
Las revoluciones maduras prefieren heredar a sus enemigos antes que fusilarlos.
Escila y Caribdis
Pero sería demasiado cómodo terminar aquí.
Porque también la resistencia tiene sus monstruos.
Y quien únicamente reconoce las tentaciones del adversario probablemente ya haya sucumbido a las propias.
Ulises tuvo que pasar entre Escila y Caribdis. El católico tradicionalista conoce también dos peligros opuestos.
A un lado está la absorción.
El deseo de ser aceptado puede terminar modificando aquello que uno considera aceptable. Se comienza buscando un lugar legítimo dentro de la Iglesia y puede acabarse transformando la Tradición en sensibilidad litúrgica: una preferencia venerable, quizá admirable, comparable a la afición de otros por determinados ritos orientales. Hay incienso, gregoriano, sotanas, peregrinaciones y familias numerosas. Todo parece estar allí.
Excepto el motivo por el cual aquello hubo de ser defendido.
Ésa sería Caribdis.
Pero al otro lado espera Escila.
La resistencia puede convertirse en identidad. Después, la identidad puede convertirse en autosuficiencia. Y finalmente puede aparecer una tentación casi simétrica a la anterior: si unos están dispuestos a sacrificar la verdad para conservar la comunión visible, otros pueden acabar sacrificando la naturaleza visible y jerárquica de la Iglesia para conservar una pureza que sólo ellos son ya capaces de certificar.
Entonces cada reconciliación es traición, cada prudencia, cobardía, cada conversación, componenda, cada autoridad sospechosa, cada vecino insuficientemente resistente.
Y como siempre existe alguien situado medio centímetro a nuestra derecha, la resistencia se divide, la división vuelve a dividirse y los supervivientes terminan reuniéndose en una habitación para declarar que probablemente sean los últimos católicos sobre la tierra.
Ítaca tampoco está allí
Porque la Tradición católica no consiste en resistir por resistir.
La resistencia es un medio.
Uno resiste para conservar algo.
Si llega a amar más la barricada que aquello que hay detrás de ella, ha ocurrido una perversión tan profunda como la del hombre que entrega lo defendido para que le permitan abandonar la barricada.
Por eso sería intelectualmente miserable convertir la Fraternidad Sacerdotal San Pío X en Ítaca.
La Fraternidad no es Ítaca.
Écône no es Ítaca.
Monseñor Lefebvre no es Ítaca.
Son, si se acepta nuestra comparación, hombres, puertos, instrumentos y naves pertenecientes a una travesía mucho mayor.
La patria es otra.
El hombre que quería volver
Quizá ahora podamos comprender mejor aquella frase de Lefebvre que desconcierta a quienes reducen toda la crisis tradicionalista a una disputa sobre permisos litúrgicos.
El arzobispo hablaba de esperar hasta que Roma volviese a coronar a Nuestro Señor Jesucristo.
La expresión contiene todo un programa.
No decía: hasta que Roma nos conceda suficientes iglesias.
Ni: hasta que podamos ordenar sacerdotes tranquilamente.
Ni siquiera: hasta que nos dejen celebrar la misa antigua.
La cuestión que Lefebvre planteaba era doctrinal. Liberalismo, libertad religiosa, ecumenismo, colegialidad, realeza social de Cristo, naturaleza de la Iglesia, relación entre Iglesia y mundo moderno: ése era el océano verdadero sobre el cual creía estar navegando.
Se podrá discutir si acertó.
Se podrá discutir si exageró.
Se podrá discutir si determinadas formulaciones suyas fueron prudentes, exactas o circunstanciales.
Lo que no parece intelectualmente lícito es sustituir retrospectivamente su combate por otro mucho más cómodo y afirmar después que se ha obtenido aquello que él buscaba porque hay lugares donde se celebra tranquilamente la misa que defendió.
Eso sería como comunicar a Ulises que no necesita continuar hasta Ítaca porque hemos construido en Sicilia una casa exactamente igual.
Quizá tenga las mismas piedras. Quizá plantemos incluso un olivo.
Pero Penélope no está allí.
Calipso
Y volvemos a la playa.
Porque de todos los enemigos de Ulises, Calipso quizá sea el más terrible.
Polifemo quiere devorarlo.
Poseidón quiere destruirlo.
Los lestrigones aniquilan sus naves.
Las sirenas quieren atraerlo hacia la muerte.
Calipso, en cambio, lo quiere: le ofrece descanso, le ofrece amor, le ofrece permanencia. En cierto modo le ofrece incluso escapar de la miserable condición humana que le espera en Ítaca.
Y Ulises llora.
Éste es el misterio que nuestra época comprende cada vez menos: un hombre puede preferir una patria imperfecta a un paraíso que no es suyo.
La Tradición tampoco debería confundirse con la búsqueda de un refugio confortable dentro de la catástrofe.
Puede haber magníficas iglesias tradicionales. Puede haber liturgias perfectas. Puede haber congresos, peregrinaciones, escuelas, publicaciones, monasterios, vocaciones.
Gracias a Dios por todo ello.
Pero todavía queda una pregunta.
Una sola.
Terriblemente desagradable:
¿Seguimos queriendo llegar a Ítaca?
No preguntamos si conservamos fotografías de Ítaca. No preguntamos si nuestros hijos saben cantar canciones de Ítaca. No preguntamos si una autoridad ha autorizado oficialmente la construcción de pequeñas reproducciones de Ítaca.
Preguntamos si todavía queremos volver.
Porque el loto no destruye la patria. Destruye el deseo de regresar.
Penélope
Y en Ítaca alguien espera.
Penélope teje.
También ésta es una imagen que merece ser rescatada de los manuales escolares. Durante el día teje el sudario de Laertes; durante la noche deshace lo tejido. Los pretendientes quieren obligarla a aceptar que Ulises ya no regresará y que, por consiguiente, ha llegado la hora de reorganizar razonablemente la casa.
Hay que adaptarse a la nueva situación.
Ulises pertenece al pasado...veinte años son demasiados.
La realidad se ha impuesto.
Los pretendientes están allí, son numerosos. Comen en su mesa; administran de hecho el palacio.
¿Por qué continuar esperando?
Penélope responde tejiendo.
Y destejiendo.
Hay en aquella mujer una forma de resistencia mucho menos espectacular que las hazañas de su marido y quizá no menos heroica. No puede derrotar a los pretendientes. No puede expulsarlos. Ni siquiera puede impedir que devoren los bienes de su casa. Sólo puede negarles su consentimiento definitivo.
Tal vez aquí aparezca la imagen más exacta del tradicionalista que no es obispo, ni teólogo, ni superior de congregación, ni protagonista de grandes negociaciones romanas.
El fiel.
El padre de familia.
La madre.
El viejo sacerdote.
La religiosa.
El muchacho que aprende el catecismo.
No pueden resolver la crisis de la Iglesia.
No pueden convocar un concilio.
No pueden corregir a Roma.
No pueden restaurar por decreto aquello que creen destruido.
Pueden hacer algo aparentemente minúsculo: no llamar verdadero a lo que consideran falso, no llamar bueno a lo que consideran malo, no fingir que ha terminado una batalla porque están cansados de combatirla.
Tejer durante el día, destejer por la noche.
Y esperar.
Cuando el barco se convierte en patria
Queda todavía una última tentación.
Tal vez la más específicamente tradicionalista.
Después de navegar durante décadas, después de perder compañeros, después de soportar tormentas y burlas, después de criar hijos dentro de la nave y enterrar a padres que jamás pisaron tierra firme, puede ocurrir algo perfectamente comprensible: uno empieza a amar el barco.
Es natural.
En él hemos recibido sacramentos, allí conocimos sacerdotes, allí aprendieron nuestros hijos el catecismo, allí encontramos amigos, allí se conservaron cosas que en otros lugares desaparecían.
El barco salvó nuestras vidas durante la tempestad.
Pero sigue siendo un barco.
Y si algún día su capitán dijera que Ítaca ya no importa porque la cubierta es suficientemente espaciosa, habría que recordar Ítaca.
Y si otro marinero pretendiera incendiar la nave porque el capitán cometió un error de navegación, habría que recordarle que estamos en medio del mar.
Ésa es quizá la posición más difícil.
No adorar la estructura que nos protegió. No destruirla porque sea imperfecta. No confundir los medios con el fin. No llamar paz al cansancio. No llamar prudencia al miedo. No llamar fidelidad a la inmovilidad. No llamar resistencia al orgullo.
Y continuar navegando.
Los que olvidaron Ítaca
Que veneremos a los papas anteriores al Concilio, siempre que nadie tenga la mala educación de recordar exactamente lo que enseñaron y que, después de todo eso, llamemos «Tradición» al resultado.
Ésa sería la victoria perfecta del loto.
No destruir aquello que se quería destruir.
Musealizarlo.
Dejarlo vivir, cantar, incensar y procesionar, con la única condición de que ya no juzgue nada.
Y quizá entonces comprendamos finalmente la dureza de Lefebvre contra los ralliés. Podría haberse equivocado en personas, momentos o apreciaciones particulares; ningún juicio humano queda dispensado de examen. Pero su advertencia merece algo mejor que una sonrisa condescendiente desde la comodidad de varias décadas posteriores: temía que se ofreciera a los tradicionalistas un lugar dentro del nuevo orden eclesial a condición de que, con el tiempo, dejasen de discutir el nuevo orden eclesial.
La historia tendrá que juzgar hasta qué punto ocurrió.
Pero hay una prueba bastante sencilla.
Preguntemos qué cuestiones podían plantearse abiertamente en determinados ambientes tradicionales hace treinta o cuarenta años y cuáles resultan hoy inconvenientes. Preguntemos qué autores se citaban entonces y cuáles se citan ahora. Qué condenas pontificias se explicaban. Qué palabras han desaparecido. Qué críticas se consideran excesivas. Qué antiguas batallas se presentan ahora como lamentables malentendidos.
Y después miremos el mapa.
Tal vez descubramos que el barco continúa impecable.
Que las velas son nuevas.
Que la tripulación canta magníficamente.
Que incluso hemos obtenido permiso para navegar.
Sólo que ya no vamos hacia Ítaca.
Los ralliés podrán responder —y tienen derecho a hacerlo— que jamás la olvidaron. Algunos quizá puedan demostrarlo. Pero ésa es precisamente la cuestión que la palabra plantea y que ninguna regularización canónica puede resolver por sí misma.
Porque Ítaca nunca fue simplemente una misa a las diez y media.
Ítaca era la fe católica íntegramente profesada; la Tradición recibida y no negociada; la doctrina que no pide permiso al siglo para continuar siendo verdadera; la realeza de Cristo no sólo sobre el pequeño santuario donde todavía se canta gregoriano, sino sobre el hombre, la familia y la sociedad; aquella Roma que Lefebvre esperaba ver nuevamente coronar a Nuestro Señor Jesucristo.
Se puede discutir el rumbo, la velocidad, incluso si Lefebvre interpretó correctamente todas las tormentas.
Lo que no se puede hacer es cambiar el destino y continuar llamando fidelidad al viaje.
Homero reservó para los lotófagos un castigo extrañamente misericordioso. No los fulminó Zeus. No los devoró ningún monstruo. No descendieron al Hades.
Permanecieron allí, satisfechos.
Ése era precisamente su castigo: habían dejado de echar de menos su casa.
Y acaso ése sea también el epitafio más terrible que pudiera escribirse algún día sobre una Tradición convertida definitivamente en ralliée: conservó el barco, conservó el remo, conservó incluso el recuerdo de Ítaca, pero terminó encontrando tan agradable el puerto que llamó regreso al hecho de haber dejado de navegar.












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