El Dos de Mayo

El Levantamiento del Dos de Mayo de 1808 no puede comprenderse como una simple explosión de violencia urbana ni como un episodio aislado de agitación popular, sino como la irrupción súbita —y profundamente significativa— de la España histórica en defensa de sí misma, una reacción casi orgánica de un cuerpo político herido que, al verse privado de su Rey legítimo, de su orden y de su continuidad, se alza sin consignas ni planificación para impedir su disolución; no es el fruto de una teoría, ni la ejecución de un programa, sino la respuesta inmediata de una sociedad formada durante siglos en la fidelidad a una Monarquía concreta y a una tradición vivida, que percibe con claridad instintiva que lo que está en juego no es un cambio de gobierno, sino la propia existencia de su mundo.


La historiografía contemporánea, incluso la más liberal, coincide en subrayar este carácter espontáneo: el historiador Charles Esdaile afirma con precisión que:

 «El levantamiento madrileño fue espontáneo y no contó con una dirección central organizada».

Lo que lejos de restarle importancia, revela que el impulso que lo originó no procedía de estructuras políticas, sino de una conciencia colectiva herida que actuó antes de formularse a sí misma.

Madrid, en los días previos al levantamiento, no era una ciudad tranquila bajo ocupación, sino un espacio cargado de tensión contenida, donde la presencia de las tropas de Napoleón Bonaparte, instaladas en puntos estratégicos tras la crisis de la Monarquía de Carlos IV y la salida de Fernando VII hacia Bayona, se percibía cada vez menos como una alianza circunstancial y más como una dominación efectiva; los testimonios contemporáneos son claros en este punto.



Entre ellos destaca el de José María Queipo de Llano, cuya Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (1835), basada en experiencias cercanas a los hechos, describe cómo el pueblo de Madrid, irritado por la conducta de los franceses, comenzaba a concentrarse en torno al Palacio Real, no por una consigna política organizada, sino por una reacción instintiva ante lo que percibía como una amenaza directa a la continuidad de la Monarquía visible.



La noticia de que el infante Francisco de Paula, último miembro significativo de la familia real presente en la capital, iba a ser trasladado a Francia, actuó como detonante de una situación que llevaba semanas acumulando tensión, y en ese instante, sin necesidad de discursos, la multitud comprendió que permitir aquella salida equivalía a aceptar la desaparición efectiva de la legitimidad ante sus ojos.



El momento decisivo se produjo cuando, en medio de esa concentración creciente, un incidente —un empujón, una orden mal ejecutada, un disparo cuyo origen exacto sigue siendo objeto de debate historiográfico— rompió el frágil equilibrio y transformó la tensión en violencia abierta, dando lugar a una reacción en cadena que ningún mando pudo ya contener.



La orden del mariscal Joachim Murat de reprimir el levantamiento desencadenó la intervención de tropas regulares, entre ellas los mamelucos, cuya presencia, con su indumentaria y su modo de combatir, acentuó en la percepción popular el carácter extranjero de la fuerza ocupante, intensificando así la respuesta.



Lo que siguió no fue una batalla en sentido clásico, sino una multiplicación de focos de combate en toda la ciudad, desde la Puerta del Sol hasta la calle Mayor y los barrios más populares, donde hombres y mujeres sin instrucción militar se enfrentaron a soldados profesionales con los medios de que disponían, en una lucha que los testimonios describen como feroz y desordenada, pero también extraordinariamente decidida. Como recoge Juan Van Halen en sus memorias al afirmar que el pueblo combatía con una resolución inesperada para el enemigo; incluso Benito Pérez Galdós, desde su reconstrucción literaria en los Episodios Nacionales, capta con notable fidelidad ese impulso cuando escribe que el pueblo de Madrid no necesitó que nadie le mandase para lanzarse a la calle, expresión que, aunque literaria, sintetiza una verdad histórica ampliamente documentada.


En ese contexto de combate generalizado, el episodio del Parque de Artillería de Monteleón adquiere un valor singular, no sólo por su intensidad militar, sino por su significado simbólico y político, ya que en él se produce la convergencia entre la resistencia popular y la decisión consciente de parte del estamento militar de no permanecer pasivo.


Luis Daoíz


Pedro Velarde 


Jacinto Ruíz 

Los capitanes Luis Daoíz y Pedro Velarde, junto al teniente Jacinto Ruiz, optaron por desobedecer las órdenes de no intervenir y abrir el parque al pueblo, armando a los civiles y organizando una defensa que, aunque condenada desde el punto de vista táctico, representó un acto de afirmación del honor militar en un momento de colapso institucional; el conde de Toreno lo expresa con claridad al señalar que, sin esperar órdenes, resolvieron armar al pueblo y defender el parque, añadiendo que allí se sostuvo el honor de las armas españolas, juicio que refleja no sólo admiración, sino la percepción de que, en ausencia de una autoridad legítima operativa, la fidelidad a la Tradición y a la Patria se imponía sobre la obediencia formal.



La lucha en Monteleón fue breve pero intensísima, con participación conjunta de militares y civiles, entre ellos figuras como Manuela Malasaña o Clara del Rey, cuyos nombres han quedado como símbolos de una participación popular que desbordó las categorías sociales habituales, y aunque el parque terminó siendo tomado por las fuerzas francesas, la resistencia allí ofrecida dejó una huella que superaba con mucho su resultado inmediato.


Manuela Malasaña


Clara del Rey

La jornada del 2 de mayo concluyó, en términos estrictamente militares, con el control francés de la ciudad, pero lo que siguió durante la noche y la madrugada del día 3 introdujo un elemento decisivo en la transformación del levantamiento en guerra abierta, ya que la represión ordenada por Murat adoptó la forma de ejecuciones sumarias de los detenidos, sin juicio ni garantías, en distintos puntos de Madrid, especialmente en las inmediaciones del Príncipe Pío.

El propio Toreno señala que Murat mandó fusilar a cuantos habían sido presos con armas, sin más juicio que su voluntad, lo que pone de manifiesto el carácter deliberado de una estrategia de terror que pretendía disuadir nuevas insurrecciones, pero que en la práctica produjo el efecto contrario, al extender por toda España la noticia de una violencia percibida como injusta y arbitraria.



La obra de Francisco de Goya, especialmente en Los fusilamientos del 3 de mayo, no inventa estos hechos, sino que los convierte en imagen universal, fijando para siempre la escena de hombres que, en la noche, frente a los fusiles, mantienen una dignidad que trasciende la derrota física y convierte la ejecución en testimonio.

El efecto de estos acontecimientos no se limitó a Madrid, sino que se proyectó de forma inmediata sobre el conjunto del territorio, dando lugar a una reacción en cadena que marca el inicio de la Guerra de la Independencia, y en este punto adquiere especial relevancia el llamado Bando de Móstoles, atribuido a Andrés Torrejón y Simón Hernández, cuyo texto —“La patria está en peligro. Madrid perece víctima de la perfidia francesa. Españoles, acudid a salvarla”— condensa en pocas líneas el paso de la reacción local a la movilización general, convirtiendo lo sucedido en la capital en una llamada a la acción para el resto del país.

A partir de ese momento, la resistencia deja de ser un estallido aislado y se transforma en conflicto sostenido, con la aparición de Juntas, la movilización de ejércitos y la participación de figuras que prolongarán el espíritu del Dos de Mayo, como Agustina de Aragón o los generales que organizarán la respuesta militar.

Desde una perspectiva historiográfica, el análisis converge en un punto esencial que confirma la lectura de los propios protagonistas: el Dos de Mayo no fue, en su origen, una revolución ideológica en sentido moderno, sino una reacción defensiva ante la ocupación y la quiebra de la legitimidad, como subrayan autores como Emilio La Parra, y esto permite comprender su significado profundo más allá de las interpretaciones posteriores; el pueblo que se levantó no lo hizo para redefinir España, sino para impedir que dejara de ser lo que era, y en ese sentido, su acción no fue tanto fundacional como conservadora en el sentido más fuerte del término.



Bando de los alcaldes de Móstoles 

Así, el Dos de Mayo permanece como un episodio en el que convergen relato épico, documentación histórica y reflexión historiográfica, y cuya fuerza no reside en una construcción posterior, sino en la propia intensidad de los hechos vividos, donde un pueblo sin dirección formal, unos militares sin órdenes operativas y una ciudad sometida a ocupación fueron capaces, durante unas horas decisivas, de afirmar una voluntad de resistencia que, aunque derrotada en el plano inmediato, resultó irreversible en sus consecuencias, porque a partir de ese momento España ya no podía ser dominada sin enfrentarse a esa misma fuerza que había irrumpido en sus calles.

Comentarios

Entradas populares