Un juicio ilegal: las infracciones legales en la condena de Jesús



     El proceso judicial contra Nuestro Señor Jesucristo ha sido considerado una de las mayores injusticias de la historia. Un análisis detallado de los hechos revela que su juicio estuvo plagado de irregularidades tanto en la legislación judía como en la romana. Lo que debió haber sido un procedimiento justo, terminó convirtiéndose en una condena dictada por la presión política y la manipulación de las normas.


Juicio nocturno e ilegal



     Las primeras irregularidades comenzaron desde el momento de la detención de Jesús en el huerto de Getsemaní. Según la ley judía, los procesos judiciales de pena capital debían celebrarse de día y en el recinto oficial del Sanedrín, dentro del Templo (Mishná, Sanedrín IV,1; Talmud, Sanedrín 32a). Sin embargo, el juicio contra Jesús tuvo lugar de noche y en la casa del sumo sacerdote Caifás (S. Mateo 26,57; S. Marcos 14,53), un procedimiento completamente irregular.


     Además, estaba prohibido celebrar juicios en vísperas de sábados o días festivos (Mishná, Sanedrín IV,1), norma que también fue vulnerada, pues Jesús fue arrestado y condenado en la víspera de la Pascua judía (S. Juan 18,28).


Testigos contradictorios y falta de defensa



   Otro de los pilares fundamentales del derecho judío era la necesidad de contar con al menos dos testigos cuyos testimonios coincidieran (Deuteronomio 19,15; Mishná, Sanedrín V,2). Sin embargo, los testigos presentados contra Jesús se contradecían, lo que debía haber anulado la acusación (Marcos 14,56-59).


     Jesús tampoco contó con una defensa adecuada. En los juicios capitales, la ley establecía que debía haber tiempo suficiente para reflexionar sobre la sentencia y que, si el veredicto era condenatorio, debía suspenderse hasta el día siguiente para su reconsideración (Mishná, Sanedrín IV,1). En este caso, la sentencia se dictó de inmediato (S. Marcos 14,64-65).


     Además, la acusación de blasfemia que se le imputó no era válida según la ley mosaica, ya que para que alguien fuera culpable de blasfemia debía haber pronunciado el Nombre de Dios (YHWH) en vano (Levítico 24,16), algo que Jesús nunca hizo.


Cambio de acusaciones ante Pilato



     El Sanedrín no tenía autoridad para ejecutar penas de muerte sin la aprobación romana (S. Juan 18,31). Por ello, llevaron a Jesús ante el gobernador Poncio Pilato, pero con una acusación completamente distinta. Si ante el Sanedrín lo condenaron por blasfemia, ante el gobernador lo acusaron de sedición y de proclamarse rey, buscando así una razón para que Roma aprobara su ejecución (S. Lucas 23,2).




     Pilato, tras interrogar a Jesús, declaró en varias ocasiones que no encontraba en él culpa alguna (S. Lucas 23,4; S. Juan 18,38). Según la Lex Julia de vi publica et privata, una de las leyes fundamentales del derecho romano, ningún ciudadano o acusado podía ser castigado sin pruebas concretas. Esta ley, promulgada por Julio César y reforzada por Augusto, establecía que los jueces debían garantizar un juicio justo y evitar que la violencia pública o la presión de la multitud influyera en el veredicto.


Sin embargo, Pilato cedió ante la presión de las autoridades judías y de la multitud, temeroso de provocar una revuelta (S. Mateo 27,24). Al hacerlo, incumplió los principios de la Lex Julia, que protegía a los acusados de decisiones judiciales motivadas por el miedo o la manipulación política.


Una condena dictada por la presión política




     El derecho romano exigía pruebas concretas para una condena, y Pilato no las tenía. Aun así, permitió que Jesús fuera flagelado y humillado por los soldados (S. Juan 19,1-3), antes de ceder a la exigencia de su crucifixión (S. Marcos 15,15).


     Esta doble pena –flagelación y crucifixión– era una irregularidad en sí misma, pues el castigo de los azotes debía reemplazar la ejecución, no sumarse a ella (Digesto 48.19.8.3). La Lex Julia también protegía a los acusados de recibir castigos excesivos o innecesarios, algo que en el caso de Jesús no se respetó.




     Así, la condena de Jesús no fue el resultado de un juicio justo, sino de una decisión política basada en el miedo y la manipulación. Se violaron las leyes judías y romanas, dejando en evidencia que su muerte fue un acto de conveniencia antes que de justicia.





     Dos mil años después, su proceso sigue siendo un símbolo de cómo el poder, cuando se usa arbitrariamente, puede tergiversar la verdad para condenar a un inocente.


Nuestro Señor Jesucristo fue la primera víctima de la democracia.


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