Subsidiariedad y Fueros: La Tradición política de las Españas y la Doctrina Pontificia




     El principio de subsidiariedad, piedra angular de la doctrina social católica, establece que la sociedad debe organizarse de manera orgánica, permitiendo que las comunidades menores gobiernen sobre sí mismas en la medida de sus posibilidades, sin que el poder central intervenga de forma arbitraria. Este principio, formulado explícitamente en la enseñanza pontificia del siglo XX, tiene profundas raíces en la historia política de las Españas, donde se manifestó de manera concreta en el sistema foral.




     Los fueros no fueron una concesión graciosa del poder real, sino la expresión jurídica de un orden natural, donde la autoridad no fluye de arriba hacia abajo, sino que surge de la propia sociedad, armonizando la libertad con la jerarquía. Este modelo, históricamente defendido por el Carlismo, se opone tanto al absolutismo centralista como al liberalismo igualitarista, los cuales destruyeron las instituciones tradicionales y sometieron a los cuerpos sociales a la dictadura del estado moderno.


El Principio de Subsidiariedad en la Doctrina de la Iglesia




     La Iglesia ha enseñado de manera constante que la sociedad no debe organizarse según un esquema centralista que absorba la vida de las comunidades menores, sino que debe respetarse el orden natural. Pío XI, en Quadragesimo Anno, define el principio de subsidiariedad de forma inequívoca:


«Es injusto, al mismo tiempo que gravemente nocivo y perturbador del recto orden, trasladar a la comunidad mayor y superior lo que las comunidades menores y subordinadas pueden hacer por sí con eficacia propia y en su propio provecho». (Quadragesimo Anno, 79)




     «Este principio defiende la autonomía de las familias, municipios, gremios y regiones, evitando que el Estado asuma funciones que no le corresponden. León XIII, en Rerum Novarum, advierte sobre los peligros del estatismo:


«Es contrario a la justicia que el Estado absorba lo que los individuos pueden realizar por su propia iniciativa y capacidad, o que arrebate a la familia las funciones que le son propias». (Rerum Novarum, 28)


     Esta visión se opone tanto al absolutismo como al socialismo, que pretenden uniformar la sociedad bajo una única autoridad central, eliminando las libertades concretas de los cuerpos intermedios.


La organización tradicional de las Españas: contra el centralismo moderno




     La Monarquía tradicional hispánica no fue un Estado centralizado al estilo moderno, sino una federación de reinos, señoríos, provincias y municipios, cada uno con sus propias leyes, costumbres e instituciones de autogobierno. Así lo explica Juan Vázquez de Mella, quien define el sistema político tradicional como una estructura orgánica:


«El Reino es la nación organizada jerárquicamente en cuerpos que representan la vida de los pueblos, la vida de los municipios, la vida de las regiones y la vida de las asociaciones de derecho público que producen en conjunto el derecho social». (Obras Completas, Vol. I)


     En esta concepción, el poder no procede del estado, sino de la sociedad misma. Los municipios, los gremios, las diputaciones y los fueros regionales son manifestaciones naturales del principio de subsidiariedad, por el cual las instancias menores tienen prioridad en la gestión de sus propios asuntos.


     Sin embargo, con la llegada del absolutismo borbónico y, más tarde, del liberalismo, se impuso un modelo contrario, basado en la concentración del poder. En palabras de Vázquez de Mella:


«Se ha sustituido la monarquía tradicional, que era federativa y descentralizada, por una monarquía absoluta y luego por una república que es absolutista en nombre de la soberanía nacional, pero que es tan tiránica como la monarquía centralista». (Obras Completas, Vol. III)


Fueros y Subsidiariedad: la resistencia tradicionalista



     Frente a este proceso de homogeneización forzada, el Carlismo defendió los fueros como garantes de la justicia y la libertad verdadera. El liberalismo, en su afán de «unidad», destruyó las estructuras políticas locales, imponiendo un modelo artificial de ciudadanía abstracta. Como bien denunció Rafael Gambra:


«El liberalismo ha confundido la unidad con la uniformidad y la libertad con el igualitarismo, destruyendo así la verdadera libertad de los cuerpos naturales de la sociedad».


     El carlismo siempre sostuvo que la descentralización no es un simple reparto de competencias dentro de un estado unitario, sino el reconocimiento del derecho natural de las comunidades a gobernarse a sí mismas dentro de un orden superior. En este sentido, Manuel Fal Conde proclamó:


«Los fueros no son privilegios concedidos por un poder central, sino la expresión del derecho propio de los pueblos, garantizado por la tradición y la Monarquía legítima».



     El estado moderno, al desconocer esta realidad, se convirtió en un instrumento de ingeniería social y económica, absorbiendo todas las funciones que antes pertenecían a las familias, los gremios, los municipios y las provincias.


La Restauración Foral: un modelo para el futuro


     La aplicación del principio de subsidiariedad en la política contemporánea no consiste en una mera «descentralización administrativa», sino en la restauración de la pluralidad política real, donde las instituciones naturales recuperen su autonomía frente al estado. Como decía Francisco Elías de Tejada:


«El foralismo no es un simple modelo de gestión local, sino una cosmovisión completa en la que la sociedad es anterior al Estado, y donde la autoridad es un servicio, no un dominio».


     Desde esta perspectiva, la solución a los males modernos no pasa por la falsa alternativa entre liberalismo y socialismo, ambos estatistas, sino por la restauración del orden cristiano y tradicional, basado en la subsidiariedad y los fueros.


    El propio Vázquez de Mella resumía así la doctrina tradicionalista sobre el gobierno de las sociedades:


«No es el Estado quien da la vida a la sociedad; es la sociedad la que da la vida al Estado». (Obras Completas, Vol. IV)


Conclusión: la alternativa carlista


     El sistema foral, basado en el principio de subsidiariedad, no es una reliquia del pasado, sino la respuesta católica y tradicional al totalitarismo moderno. El centralismo liberal y el colectivismo socialista han destruido la verdadera libertad de los cuerpos naturales de la sociedad, sustituyéndolos por un estado omnipotente que decide sobre cada aspecto de la vida.

     El carlismo, en su defensa de los fueros, no propone una descentralización de conveniencia, sino la restauración del orden social natural, donde cada comunidad asuma sus propias responsabilidades y donde la autoridad no sea un instrumento de dominación, sino de armonización.


     En un mundo donde el poder del estado crece sin límites, la doctrina carlista sobre la subsidiariedad y los fueros es más actual que nunca. Frente a la burocracia asfixiante y la ingeniería social moderna, el Tradicionalismo ofrece una alternativa real: la restauración de una sociedad orgánica, libre y cristiana, donde el poder vuelva a sus raíces naturales y donde la autoridad sea reflejo de la justicia y no del dominio.


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