Pablo de Olavide y Adolfo Suárez: la Improcedencia de su Sepultura en templos católicos
En estos tiempos convulsos, donde el español medio nada se plantea, deberíamos cuestionarnos las contradicciones en qué se nos hace caer, sin más argumento que el paso del tiempo, como si lo absurdo dejara de serlo por ser de épocas pretéritas.
Por otro lado, ese mismo argumento se aprovecha como válido para denigrar el pasado.
En la cuestión de esta entrada, se muestra un caso -paradigmático- en la ciudad de Baeza, que explicita la esquizofrenia de la modernidad.
El entierro de Pablo de Olavide en la iglesia de San Pablo de Baeza no es un caso aislado. Se inscribe dentro de una tendencia preocupante desde que la revolución se ha asentado en nuestra patria: la de conceder sepultura en lugares sagrados a personajes cuya trayectoria, lejos de haber servido a la Iglesia y a la Cristiandad, estuvo marcada por su contribución a la disolución del orden católico y tradicional de España.
Un caso similar es el de Adolfo Suárez, el artífice de la Transición, cuyos restos descansan en la catedral de Ávila, a pesar de haber sido el principal responsable del desmantelamiento del Estado confesional católico.
En ambos casos, se da una evidente contradicción: hombres que en vida trabajaron para erosionar la influencia de la Iglesia en la vida pública y política, terminan recibiendo sepultura en sus templos.
Dos Figuras, Un Mismo Problema
Pablo de Olavide: El Ilustrado Anticristiano
Como ya hemos expuesto, Olavide fue un impulsor del racionalismo ilustrado en España. Perseguido por la Inquisición por sus ideas heterodoxas, huyó a la Revolución Francesa, donde se hizo ciudadano republicano, alineándose con un régimen que masacró a sacerdotes y destruyó iglesias. Aunque en sus últimos años intentó reconciliarse con la fe, su legado quedó marcado por su contribución a la secularización y a la descomposición de la España católica.
A pesar de ello, sus restos reposan en la iglesia de San Pablo de Baeza, lo que supone una afrenta a la memoria de aquellos que, desde ese mismo templo, defendieron la Fe y la hispanidad frente a las ideas que él propagó.
Adolfo Suárez: El demolicionista del Estado Católico
Por su parte, Adolfo Suárez, elevado al rango de “héroe de la democracia” por la historiografía oficial, fue el encargado de poner fin al Estado confesional católico de España. Con él se aprobaron la Constitución de 1978, que estableció la aconfesionalidad del Estado, y las primeras leyes que socavaban la moral cristiana. Fue el arquitecto del sistema que consolidó el laicismo, la despenalización del divorcio y la progresiva exclusión de la Iglesia de la vida pública.
Este hombre, que legalizó el Partido Comunista y sentó las bases del relativismo político en España, fue enterrado en la catedral de Ávila, un honor que le correspondería más a un santo o a un defensor de la fe que a un político que eliminó la confesionalidad católica del país.
La Iglesia: ¿Mausoleo de sus propios enemigos?
La pregunta es inevitable: ¿por qué quienes desmontaron el orden cristiano de España son homenajeados con sepultura en templos católicos?
La incoherencia es evidente. En tiempos pasados, la Iglesia reservaba estos honores para reyes, santos, mártires y defensores de la fe. Hoy, en cambio, figuras que contribuyeron a la secularización, a la destrucción del orden tradicional y a la marginación de la Iglesia en la sociedad, reciben sepultura en lugares sagrados.
«El régimen centralista no puede ser más que una ficción. No hay nación que pueda sostenerse sin un fundamento orgánico que respete la naturaleza y la historia de sus pueblos». – Juan Vázquez de Mella
Si aplicamos estas palabras de Vázquez de Mella, la Iglesia no puede sostenerse sin la coherencia que da la fidelidad a su doctrina y a su misión. No puede honrar con sepultura eclesiástica a quienes trabajaron para desarraigar su influencia en la sociedad.
Conclusión: Rectificar el Error
Así como Pablo de Olavide no debería reposar en San Pablo de Baeza, Adolfo Suárez tampoco debería estar enterrado en la catedral de Ávila. No se trata de negar su existencia, sino de reconocer que su vida y su legado no fueron los de un fiel defensor de la Fe católica, más bien sus acérrimos enemigos.
La Iglesia debe recuperar su sentido del honor y de la coherencia histórica. Los templos son casa de Dios y reposo de los santos, no panteones de aquellos que trabajaron para desmantelar la Cristiandad. Si queremos restaurar la Tradición, también debemos restaurar el sentido de justicia
en la memoria de nuestra historia.
Comentarios
Publicar un comentario