IV.- EL ESTADO



     El  Estado, o sea la sociedad jurídicamente organizada bajo una autoridad soberana, no es ninguna  abstracción. Es  una entidad viva, emanación normal de la naturaleza humana. Es, además, una sociedad necesaria, con necesidad de medio, para la propia  vida  humana, en cuanto forma de unidad y de orden entre  los hombres. La  familia, fuente de vida, y el Estado, tutor del derecho, son las dos columnas que sostiene la sociedad.

     Tiene sus raíces en el orden  de la Creación, y es por  ello uno de los elementos  constitutivos del derecho  natural. Dicho de otro modo, se funda en el orden  moral del  mundo. Pero si su origen trascendente está en Dios, el próximo o inmediato se encuentra en el hombre y la sociedad. De aquí  que su fin último sea  servir a la persona  humana, directamente o  a  través de  la sociedad , entendida en su sentido más  amplio.

Medio y no fin.

     Es  necesario  volver  a  remarcar que el Estado es  medio y no  fin en sí mismo. Como también que el Estado es  para el hombre y no el hombre para el Estado. El Estado, el Poder  político, ha sido establecido por el supremo Creador con el designio de facilitar a la persona  humana su perfección  física, intelectual y moral, y para ayudarle, además, a que consiga su  fin  sobrenatural. No debe ser  un  único objetivo obtener la prosperidad  y bienestar  públicos, pero sí el primordial, el preferente. Los gobiernos deben consagrar su principal preocupación  a crear los medios materiales de vida necesarios para el ciudadano.

     El modo como ordinariamente el Estado contribuye a los fines de la persona es a través de la comunidad, sirviendo al bien común. Por eso, en cierto modo, puede decirse que el fin del Estado es, a la vez, la persona individual y la colectiva. Su imperio debe ponerse a un tiempo al servicio de la sociedad y al del individuo. Su función, su "magnífica función", consiste en favorecer, ayudar, promover la cooperación activa de sus miembros en orden al bien de la comunidad. El Estado no puede absorber  ni suplantar a la sociedad ni a la persona.

     Se  produce en el funcionamiento del Estado como una corriente que circula del individuo a la colectividad, para refluir de nuevo sobre el individuo. Toda su actividad está como presidida por este designio: la realización permanente del  bien  común en la sociedad, mirando siempre a la persona.


El Estado como sujeto inmoral. Prof. D. Miguel Ayuso


Principio de subsidiaridad.

     Las  funciones del Estado son concurrentes con las de otras sociedades intermedias y son subsidiarias de  éstas. 

     El bien  común dijérase que es como el sistema de aquellas condiciones externas que son necesarias al conjunto de los ciudadanos para el desarrollo de su vida, así económica como profesional, intelectual y religiosa, en tanto en cuanto no basten o no alcancen a conseguirlas las energías de la familia y los esfuerzos de  otras sociedades a las que corresponde una precedencia "natural" sobre el Estado y en cuanto no correspondan a la Iglesia, sociedad universal deparada por la voluntad salvífica de Dios al servicio de la persona humana, y singularmente de sus fines religiosos.

     El Estado, por tanto, no puede ser una omnipotencia opresora de las autonomías legítimas. Su misión no es la de asumir directamente las funciones económicas, culturales o sociales que pertenecen a otras competencias. Su misión está en coordinar y orientar los esfuerzos de todos al fin común superior. Por eso, debe reconocer una justa parte de autonomía  y de responsabilidad a cuanto represente en el país un poder  efectivo y valioso.

     Crece la importancia de esta  doctrina a medida que se extienden de día en día, las atribuciones del Estado en todos los campos: en el social, en el técnico, en el económico. Nadie pone hoy en duda la necesidad de ensanchar su campo de acción para el mejor servicio del bien  colectivo, como  tampoco la precisión de acrecer sus poderes. Pero esta   ampliación creciente de las funciones del Estado sólo  se  hará  sin daño ni  peligro si se tiene una apreciación justa del fin del Estado y del carácter supletorio de una parte de sus funciones con relación a las demás sociedades. 

     La  misión del Estado, en resumen, el bien común de orden temporal, consiste en una paz y seguridad de las  cuales puedan disfrutar las familias y los individuos en el libre ejercicio de sus derechos; y en la mayor abundancia de bienes  espirituales  y temporales que sea  posible; todo ello mediante la concorde colaboración activa de todos  los ciudadanos. La función de la autoridad política del Estado es, pues, garantizar y promover, pero nunca absorver a la familia y al indivduo o suplantarlos.

Estatolatría.

     Incompatible con este  concepto cristiano de la misión del Estado es cualquier suerte de  totalitarismo o estatolatría que diviniza al Estado considerándole como fin de sí mismo, al que hay que subordinarlo todo y como suprema norma, fuente y origen de todos los derechos. Tales doctrinas, que tienen su viciada raíz en la negación del origen trascendente del Estado, pervierten y falsifican el orden natural y han sido causa de males inmensos a los pueblos.


Gobierno y Estado. Prof. D. Dalmacio Negro.

     Tal acción se refleja, al abandonar al adoración a Dios,  en su sustitución, pasando a la adoración de la "Nación", la "Raza", la "Ciencia", la "Estética", el poder bélico, la "Constitución", la "Libertad", el "Género", el "Feminismo", la "Ecología", etc.




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